|
|
|
HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
|
CELSA DÍAZ ALONSO Esta obsesión por lo nuevo, como característica primordial de nuestro flamante y sofisticado mundo es una auténtica pesadez. Ningún vegetal, animal o cosa puede estar plenamente seguro de poder mantener su idiosincrasia o aspecto más allá de unos meses (con mucha suerte puede llegar a unos pocos años) debido a la constante y tontuna búsqueda de primicias que hace furor entre la humana especie.
Y por supuesto no me refiero a las modas pasajeras de ropa y complementos, que desde que entró en escena el prêt-à-porter constituyen el paradigma del usar medio minuto y tirar o al diseño de última generación, sino a los incomparables y fascinantes proyectos de nuestros mandamases, que parecen tener períodos de validez tan cortos como la altura del tacón del zapato femenino, y que en la mayoría de los casos derivan de conceptos vulgares y poco meditados. No tenemos más que mirar a un lado y a otro. El culto a la eficiencia y la acción justifica auténticas barrabasadas sobre un patrimonio que gusta más de la contemplación callada y sin estridencias. El pasado es una parte de la realidad humana, y no procede en ningún caso andar jugando con él al gato y al ratón, persiguiendo una excelencia, por otra parte conseguida en contadas ocasiones, a base de modificar una y otra vez hasta llegar al no va más, a lo nunca visto. Las obras de nuestro pasado tienen un significado que va más allá de su mera utilidad, y cuando en una intervención pierden dicho sentido estamos ante un mal proyecto. Como escribe Lafuente Ferrari «?una vana fantasmagoría alucinada, palabrería frustrada».
Por supuesto hay niveles. En las grandes y medianas ciudades hay bofetadas por conseguir el proyecto más arriesgado y epatante del mundo mundial, así dejemos el edificio en cuestión como una castañuela con borlas de terciopelo. En las pequeñas villas se conforman con la propuesta tan trillada, de regusto rancio, ya realizada previamente en tropecientos lugares, que convierte cualquier pueblo en una fotocopia de muchos otros, y con la que a algunos les parece llegar al éxtasis postmoderno.
Y como parece haber calado muy profundamente entre nuestros prebostes la gloriosa sentencia de aquella insigne representante de la cultura nacional que fue Carmen Calvo, cuando dijo algo así como que el dinero público no es de nadie, no importa realizar obras sin cuento, y si no sale bien, volvemos a empezar. Así, mis gallinas y yo contemplamos con estupefacción cómo se levantan aceras cada cuatro años por imprevisión de futuros proyectos a corto plazo, o cómo ciertos cráneos privilegiados consideran que queda ¡moníííísimo! cubrir una calle de abundante tráfico rodado con pavimento para zona peatonal, con el resultado que cualquiera puede prever. Bueno, está visto que cualquiera no.
Pero se acabaron los problemas. Con este chiripitifláutico «Plan E» anti crisis se puede meter la pata otro poquitín, y convertir nuestras ciudades y pueblos en auténticos campos de batalla en los que ir a comprar el pan puede llegar a ser una carrera de obstáculos. El dinero llega a manos llenas durante los próximos dos años, justo para afrontar el nuevo reto electoral.
¿Les suena de algo?
| CONÓZCANOS: CONTACTO | LA NUEVA ESPAÑA | CLUB PRENSA ASTURIANA | PUNTOS DE VENTA | PROMOCIONES | PUBLICIDAD: TARIFAS| AGENCIAS| CONTRATAR |
|
|
|||||||