Bautizos civiles

n Es verdaderamente curioso el intento permanente de los «progresistas» por imitar los ritos cristianos

 

JOSÉ RAMÓN CUEVA Leo por ahí que el concejal madrileño Pedro Zerolo ha inventado esa mamarrachada del bautismo civil, cuando es así que -como nos dice Antonio Burgos- el bautismo civil ya lo inventó hace años el médico catalán Antoni Caralps, de Convergencia y Unión, a la sazón alcalde de Alella, en el Maresme barcelonés, asignándole el nombre de «ceremonia civil de imposición de nombre», que no creo que exista en este mundo cosa más cursi y necia a la vez.



Resulta verdaderamente curioso ese intento permanente de los «progresistas» y los no creyentes por imitar los ritos cristianos, como ocurre con las bodas civiles -tan frecuentes en este tiempo- y ahora con los bautizos. ¿Por qué esa afición a las ceremonias cristianas, si no se es creyente, si se ríen de ellas y las consideran infantiles y trasnochadas? Quédense ustedes con los suyos, al margen de esa Iglesia Católica, que tanta risa les da. ¿Para qué gastar un pastón en el traje de novia, en obsequiar a tanto invitado con un banquete y en programar un largo viaje de recién casados? ¿Para qué los padrinos y las madrinas en las bodas, y ahora también en los bautizos?



Pero no. Las bodas, al Ayuntamiento, la novia con un carísimo vestido blanco y el novio con traje de gala, el oficiante leyendo unos cuantos artículos del Código Civil, los novios besándose, suenan unos aplausos, lloriquea aburrido un niño, y, hala, todos a comer, que hay que celebrar a lo grande el banquete nupcial. Y ahora tenemos ahí el bautizo civil, a leer unos cuantos versos de Antonio Machado, Alberti o Neruda, o sea, de poetas que se consideran de izquierdas, para entonar al final la «Internacional», mientras el «bautizado» de esa guisa berrea, aburrido de tanta monserga.



Ya van dos, el matrimonio de antes y ahora el bautismo por la vía civil. Quedan pendientes la primera comunión -ya se inventará algo-, la confirmación y, lo más gordo, la extremaunción, el pasaporte para el más allá, que ahora parece que nadie cree en las cosas de la religión, pero resulta rara esa permanente aproximación a las formas y a los ritos cristianos y católicos. Pudiera ser que, en el fondo, allá donde a uno a veces le resquema la duda, aflore en algunos el recuerdo de alguna abuela o del cura del pueblo, y aparezca la sospecha de que lo que nos enseñaban no era una mentira burda e insidiosa, sino una gran verdad, así que, mejor nos vamos acercando de nuevo a esa verdad, aunque sea así, poco a poco, como burla burlando, para que no se diga, que nosotros somos «progresistas» y el «progresismo» -y con él tantas bicocas y sinecuras- no se acopla muy bien a las antiguallas de nuestros abuelos, de modo que no tenemos más remedio que ir modernizándolas, poco a poco. Y tal vez estamos en eso, que la progresía se desliza a veces por rutas extrañas para conseguir sus objetivos, que acaso lleguemos a presenciar los funerales civiles, con muerto presente y todo.

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