LUIS M. ALONSO
El convoluto, vocablo sonoro y redondo, no ha sido adoptado aún por la Real Academia Española, mientras que konvolut viene en cualquier diccionario alemán que se precie. De hecho, la palabra empezó a hacerse popular con el cobro de 18 millones de euros en comisiones ilegales a la multinacional alemana Siemens por el llamado «contrato del siglo» del Ave Madrid-Sevilla. Convoluto viene del latín convolutum, a su vez participio del verbo convolverre, que significa enrollar, o sea, hacer un envoltorio o lío. Dicho para que todo el mundo lo entienda, convoluto equivale a corrupción.
Ahora, la ex comisionista del PSOE Aida Álvarez, condenada por el «caso del convoluto», que consistió en cobrarle 175 millones de pesetas a la Seat por unas licencias urbanísticas en 1988, se ha librado de pagar por ello debido a una prescripción del tipo de cohecho que finalmente le aplicaron. La justicia de este país es muy lenta y los políticos en apuros empiezan a estar tan atentos a lo que prescribe como a los sueldos que cobran.
La prescripción de la comisionista de Ferraz, que no tendrá que devolver lo que embolsó, coincide con los primeros tumultos en las calles entre detractores y partidarios del popular Camps, el presidente valenciano, cuyo convoluto o lío se resume en cuatro trajes y un par de zapatos pero que responde indudablemente a una conducta ética reprochable. Lo mismo que responde a una supuesta malversación de fondos la actuación del ex director del CNI, que se dedicaba a cazar y pescar con cargo al contribuyente y se valía de los empleados del Centro Nacional de Inteligencia para que le colocasen en su casa un suelo de tarima, una mesa para cultivar tomates o le construyesen una barbacoa. Todo ello a costa del erario, claro. En este patio de Monipodio que es España, la alcaldesa de Valencia le ha reprochado a Zapatero hasta las anchoas que le regala el presidente cántabro.
A la vista está que convoluto, por lo que oculta y expresa, merece el lustre y el brillo académico del diccionario.