Venimos de aquí

n No cabe hablar para el futuro de otra energía básica que no sea la nuclear

 
Venimos de aquí
Venimos de aquí  

ROMÁN SUÁREZ BLANCO Vengo de aquí, es mi gente, la clase trabajadora cualificada fundiéndose con la clase media, ese grupo amorfo e inadvertido que combatió en dos guerras defendiendo a su país, pagaba sus impuestos, se aferraba a lo que quedaba de sus tradiciones. Habían vivido para ver ridiculizado su simple patriotismo, desdeñada su moralidad, devaluados sus ahorros. No creaban problemas? Y si se quejaban de que sus ciudades se habían vuelto extrañas, ajenas, o de que a sus hijos les daban clase en escuelas atestadas en las que el noventa por ciento de los niños no hablaban inglés, los que vivían en circunstancias más holgadas y cómodas les sermoneaban sobre el pecado capital del racismo. Sin protección por parte de los contables, eran lecheras de la rapaz Hacienda pública ...


(P. D. James; «Muerte en la clínica privada»; 1.ª edición, junio 2009; ediciones B.S.A; Bailén, 84, Barcelona; págs. 47/48).


Tras de estudiar toda la información a mi escaso alcance, no cabe hablar por ahora para el futuro de otra energía básica que no sea la nuclear.


Con todos los peligros consiguientes, que mayor es el de que una pandemia campe por sus respetos y se extienda por el mundo con la facilidad con que lo está haciendo la por ahora -y por fortuna benigna- neogripe, y no menor el de que los coches, verdaderos ciborgs de la era de «Terminator», nos estén ocasionando muertes a puñados y estén a punto de expulsarnos de las áreas supuestamente civilizadas del mundo.


Lo ideal sería poner galga a la prisa, torgarla y volver, o tal vez llegar a un período humano de calma chicha, con las velas caídas a lo largo de los palos y tiempo para hacer penitencia, revestirse de humildad y ponerse a pensar lo que conviene a todos estos miles de millones de ciudadanos desinformados que manejan y cuyos cerebros manipulan unos cuantos irresponsables.


¿Dije irresponsables? Sus obras permiten suponerlo. Se pasaron un siglo excitándonos, a los pacíficos, que somos muchos más sin duda, a los dispuestos a comunicarnos y entendernos, que asimismo somos mayoría, nos llevaron a las trincheras de la guerra y nuestros padres y abuelos se metieron bala, bayoneta, granadas, obuses y demás instrumentos de muerte con el más espantosamente disparatado entusiasmo. Mintiéndonos a los amables, que somos muchos más que ellos, de que las buenas gentes, parecidas a nosotros, que vivían su quehacer cotidiano, como nosotros, del otro lado de la mar, del río o del artificio fronterizo, eran nuestros enemigos naturales y acérrimos.


Y luego nos afearon nuestra conducta y dijeron que habíamos sido nosotros los que provocamos, sostuvimos y colectivamente perdimos, todos, ganadores y perdedores, las sucesivas guerras, aún por cierto latentes por todas las esquinas del planeta.


Es probable que debamos inventar otro procedimiento de selección de representantes y directores de los diferentes grupos sociales. Tal vez deberíamos profesionalizar el asunto, convertir la administración del común y su gobierno en una ciencia y seleccionar a nuestros representantes y gobernantes mediante el estudio de unas licenciaturas y doctorados indispensables, que abarcasen desde la cultura general hasta las leyes naturales, que nunca deben ser rebasadas, lastimadas ni vulneradas por las de los hombres.


Es curioso que los criterios políticos, que son los de actuación de gobernantes, y, como tales, representantes y servidores del pueblo soberano, se estén alejando cada vez más de los criterios propios del arte de representar y gobernar a los pueblos para que se relacionen entre sí, como entre sí se han de relacionar los hombres de cada pueblo, como entidades libres que son, soberanas, en paz y con una justicia imparcial capaz de reparar las desgarraduras del sistema.


Los coches y las centrales nucleares, como tantas otras cosas, son necesarios, pero necesarios para el servicio del hombre y para ser usados con criterios de seguridad, más que económicos. Debe limitarse y delimitarse su uso y regularlo y regularizarlo para que sirvan y no nos expulsen del planeta. Cueste lo que cueste, Y eso ni puede ni sabe hacerlo quien esté más pendiente de ganar poder o mantenerse en él por medio de unos votos privados por la ignorancia de libertad e influenciados, por miedo a la libertad, por profesionales de la manipulación de cerebros.


Es malo que hayamos sustituido la selección de los más inteligentes por la de los más listos.

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