RUFO GAMAZO RICO
Dijo el tirano imaginándose un hacha descomunal: ¡Ojalá que todos los hombres tuvieran una sola cabeza!: no perdería tiempo decapitándolos uno a uno; como contaba un romance de ciegos en la madrileña calle de Postas: «Con el hacha, según iban pasando / los iba matando / aquel criminal». Trasladándonos de lo cruento de la «España negra y profunda» a lo tragicómico del gran teatro político, es notorio que determinados líderes por muy democráticos que se vendan y deseen ser, no parecen vacunados de querencias autoritarias a ejercer el mando de forma indiscutida. Tal vez, en el fondo preferirían pastorear rebaños obedientes como un solo cuerpo del mismo pelaje sin el más leve lunar; pretenden la uniformidad rigurosa, lo que es bien distinto de reducir a la eficiente unidad elementos dispersos. Nos figuramos que tales gobernantes desearían contar en todo momento con un público mollar y nada discutidor: cabezas dispensadas del fatigoso pensar; conciencias sin escrúpulos invencibles y, en suma, un pueblo que acepte como única la obligación de aplaudir siempre que dé la señal el jefe de la claque. En realidad, lo que se propone es un relajamiento de las conciencias individuales o, por mejor decir, una conciencia impuesta desde el poder y sin libertad para juzgar por su cuenta. La cosa es que al igual que «Micifuz» y su camarada, los políticos se encuentran urgidos por casos de conciencia; como recordará el lector, los gatos no decidieron la cuestión.
Parafraseando a Quevedo: ¿No ha de expresar libremente lo que piensa el hombre de conciencia? Se ha desatado una hipócrita polémica a propósito del voto emitido por el presidente del CGPJ en relación con el informe de la ley del Aborto. Se ha llegado a decir que su opinión sobre el malhadado proyecto está condicionado por la conocida condición católica de Carlos Dívar. Se desconoce la personalidad del descubridor de argumento tan pobre. Todo el mundo sabe que Carlos Dívar es católico y confiesa su creencia y formación siempre que estima oportuno y ejemplar hacerlo. Nadie ignora que millones de españoles son católicos y votan con todo derecho, a pesar de que al participar en una elección, atenderán, lógicamente, las exigencias de su credo y moral. Tal es la humana condición y no es cosa de atreverse a corregirla. En los años republicanos la famosa Victoria Kent se opuso radicalmente a la concesión del voto femenino porque la mujer española votaría en el sentido que le indicara su confesor. Probablemente exageraba la política popularizada por Celia Gámez en el «Pichi»; quizás no fuera tanta la influencia del confesionario (aunque sin comparación, mayor que hoy en día); ¿había contabilizado Kent las mujeres que en aquella época se confesaban? Lo cierto es que su argumentación, aunque de momento resultara decisiva, parece tan torpe como la utilizada contra Carlos Dívar; en todo caso, no acreditaba la listeza de Victoria Kent.
Con prontitud, oportunidad y contundencia ha salido Rodríguez Zapatero en defensa de la criticada acción del presidente del Consejo General del Poder Judicial. Evidentemente, todo el mundo tiene derecho a la libre expresión y a nadie se le ocurriría exceptuar a tan alta autoridad, y menos en el ejercicio de su cargo. Dívar, ha añadido Zapatero, tomó una decisión a impulso de su conciencia. Pero no sólo la razón religiosa influiría en el discutido voto de don Carlos Dívar. Miembros del Consejo han declarado que en la discusión únicamente fueron atendidos razonamientos jurídicos como exige la condición del tribunal y la cuestión sometida a su consideración. Sin embargo, no parecerá ociosa la polémica sobre votar en conciencia; en todo caso, la consecuencia entre ser y actuar debería aceptarse como virtud personal, social y política y nunca como incompatibilidad democrática. Aunque se recuerde que toda comparación es odiosa, vale preguntar si no es más digno de confianza el que asegura obrar en conciencia. Se aduce a favor de la presentación de la nueva ley del Aborto que es la respuesta a un compromiso. Pues bien, respetemos a cuantos se comprometen con su conciencia y quieren manifestarse en libertad.