JAVIER NEIRA
Estamos en lo de siempre: la ETA ha hecho estallar una furgoneta con 300 kilos de explosivos delante de una casa cuartel de la Guardia Civil, causando 65 heridos y aterrorizando a millones de personas.
Como siempre, aunque con suerte, si bien no se debería emplear esa palabra de tenerse en cuenta lo ocurrido, que ha sido mucho y muy grave. Podría haber sido peor, pero ése apenas es el consuelo de los partidarios de la derrota preventiva.
Llevamos así cuarenta años y aún hay docenas de ayuntamientos vascos en donde los terroristas ocupan asientos, acceden a dineros públicos y obtienen información.
Las decisiones judiciales son lentas, imprecisas, blandas o desnortadas, porque, a fin de cuentas, detrás está siempre la ambigua mano de la política, así que los bandidos acaban sorteando la ley.
Y qué decir de algunos jueces, que siguen haciendo la vista gorda ante el apoyo callejero al crimen. Consideran que las libertades de los pistoleros prevalecen sobre los derechos de las víctimas o de las presumibles víctimas, concepto que a todos nos abarca.
Hace unos días se supo que había tres furgonetas preparadas quizás en Francia, quizás en España, para un atentado de proporciones industriales. Lo acabamos de ver. Conviene recordar aquel invierno de 2004 cuando fue interceptada en Cuenca, camino de Madrid, una furgoneta de los etarras con origen en Francia y cargada de explosivos. A los pocos días, estallaron las bombas en los trenes de Madrid, en aquella trágica jornada del 11-M. Es casi imposible no relacionar la furgoneta interceptada con las bombas que efectivamente estallaron. Y con la que ayer arrasó la casa cuartel de Burgos y con otras de similar y terrible factura.
Pero ya se sabe que incurre en anatema quien se atreva a relacionar el mayor atentado de la historia de Europa Occidental con la ETA. No tenemos ni idea de quién lo hizo, pero, ojo, ni se le ocurra insinuar que fue la ETA.