PACO G. REDONDO
Llega agosto. Mes propicio para el ocio de los niños, ya de vacaciones en su ciudad o de viaje en visita a otras ciudades. De un tiempo a esta parte, cada vez más los ayuntamientos se esfuerzan en instalar columpios en los jardines y plazas públicas. Se distribuyen, pero con frecuencia con cuentagotas. Los guajes no votan (sí sus padres y madres), pero no dejan de ser una parte creciente e importante de la población.
El año pasado se inauguró el área de juegos infantiles remodelada del parque de Isabel la Católica, afirmando muy ufanas las autoridades que en las nuevas instalaciones podrían coincidir 300 niños a la vez. Como era claro y evidente, sumando los parciales, que en total no pasaba del centenar el aforo, luego contestaron que faltaba un juego por instalar, la pirámide de mallas, en la que cabrían otros 100 (?).
Mejor poco que menos, si bien lo cierto, con la natalidad que ya tocó fondo y la creciente llegada de población de las Cuencas e inmigrantes, es que la ciudad ha recuperado el paisaje de niños paseando por las aceras y jugando en los columpios, y cualquier tarde soleada vemos llenas significativas plazas y espacios habilitados al efecto, prueba ante nuestros ojos de cuánto la oferta va por detrás de las necesidades.
En efecto, esta mayor dispersión hace que en ocasiones parezcan islas de juegos en un mar de terreno desaprovechado. Es el caso de la playa de Poniente al Oeste, en cuyo arenal muy bien cabría y sería más útil el triple de los que hay, o el propio parque de Isabel la Católica al Este, o la ampliación del parque de los Pericones al Sur, donde pronto veremos el resultado de la gran extensión de arbolado en marcha.