CARLOS SANTULLANO
Desde que, por vez primera, vi a Nicolas Sarkozy, cuando hace 3 o 4 años ambos teníamos 50 tacos, dije para mí: «O este tío pone el freno o le da un pampurrio». Y ya le dio. Por supuesto, no es que yo tenga ojo clínico, como el gran Valentín Fuster, pero huelo a kilómetros un globo a punto de explotar, y más cuando, mes arriba, mes abajo, el globo tiene mi edad. Sarkozy, de momento, se libró de lo peor porque el tío es una fuerza de la naturaleza y «la maladie» que le dio mientras hacía jogging no pudo con él. Pero ha sido un aviso y los médicos le han recomendado que pare el carro y le han prohibido, para empezar, una visita que tenía programada al Mont Saint Michel, en la Baja Normandía, uno de los parajes más bellos y sugestivos del mundo, visitado, sobre todo en estas fechas veraniegas, por riadas de turistas (más de 3 millones anuales).
Yo creo que Sarkozy, como es él así, lo que pretendía yendo al Mont Saint Michel en pleno julio, y encima con el calor que hace con el cambio climático, era marcarse una nueva meta personal y de paso darse un baño de masas, que es lo que más le mola, en vez de reunirse tranquilamente con un pequeño grupo de amigos para departir -exactamente, en «petit comité»-, por ejemplo, acerca de un asunto que, como he podido comprobar yo mismo, está de moda en las conversaciones franchutes del momento entre la «intelectualité»: la incidencia del calentamiento global en los viñedos, puesto que se ha sabido que un aumento de un grado Celsius en 2035, según ha predicho un reciente modelo de las Naciones Unidas, vería cambiar regiones vitícolas, en promedio, 180 kilómetros hacia el Norte y desplazarse nada menos que ¡hasta la pérfida Albión!, que, aunque parezca increíble (pero así son los cambios climáticos, que siempre los hubo), es la zona de esta parte del mundo donde había más viñedos en época romana.
Pero, en fin. De momento, para Sarkozy, nada de vino ni de Mont Saint Michel. Y aunque yo no tenga ojo clínico, como somos de la misma quinta y sé lo que en estos casos funciona (sin que el calentamiento global tenga nada que ver en el asunto), lo que yo le recomendaría al colega frente al estrés, y no digamos en su caso, es que cambiara el Mont Saint Michel por el monte de Venus. En plan relax. Nada de excursiones y a dejarse querer. Y puesto a tocar, como mucho, la guitarra. ¿O no, Carla cherie?