EUGENIO SUÁREZ
Puedo decir que, literalmente, tengo a mis pies la playa de Salinas, este delicioso lugar englobado en el concejo de Castrillón. He renunciado a comprender la curiosa distribución geográfica que rige en Asturias, donde la proximidad no es el dato catastral determinante. El propio aeropuerto, oficialmente descrito como de Asturias, se conocía por el corto y recordable apelativo del pueblecito que tiene más cerca, Ranón. Sin embargo sus límites, o la mayoría de ellos, pertenecen a Santiago del Monte, quizás por mayor jerarquía administrativa. Gente que vive, compra y se desenvuelve en los aledaños de San Juan de la Arena, puede, por unos metros, pertenecer a Ranón o a Soto del Barco. Es un medio de entretener las meninges de los habitantes y cumplir con aquél precepto que proclama por qué hacer las cosas sencillamente, cuando se pueden complicar.
Vivo encima de la playa de Salinas, que conocí en los remotos tiempos de la guerra, cuando desde el cuartel de la Guardia Civil -que resiste como un blocao africano- hasta San Juan de Nieva solo había una ancha franja de dunas que se han comido las edificaciones. No critico esta situación y me voy haciendo a la idea de la inconcebible fealdad de las torres Gauzones, que envilecen la esquina de la playa y que pudieron alzarse gracias a la prepotencia de un político madrileño, nacido en una tienda de ultramarinos de la calle de Toledo, en la capital, y que fue escalando puestos hasta llegar a la presidencia del Gobierno de la Nación. Arias Navarro, fue fiscal, alcalde de Madrid, director general de Seguridad, ministro de la Gobernación -cuando le volaron a Carrero Blanco- y jefe del Gobierno, al parecer por las amistades entre la acaudalada esposa leonesa y la caudilla.
La playa de Salinas - no es la primera vez- sufre el embate del mar, este año más bravo que de costumbre y ha propinado buenas dentelladas a los fundamentos del paseo marítimo, como no había visto en los cinco años que llevo residiendo permanentemente aquí. La primera baja, una escalera de acceso en la zona central más batida. Dijeron que, como los dineros del sacristán, las olas se llevaron la arena y las olas las traerán. Quién sabe en qué lugar del litoral ha avanzado el espigón que subleva la rutina de este hermoso mar, tan traidor como bello. No podrá con la playa, donde, aunque algunos domingos no lo parezca, hay sitio para todos. Pero está mostrando el mar un talante imprevisto, derrochando la mayor parte del tiempo en mareas vivas lo que solo eran contingencias previsibles.
Algunos vecinos estamos preocupados, sin el consuelo de poderle echar la culpa a nadie en concreto, aunque si rebuscáramos bien?