JAVIER NEIRA
Hace un año me fui de vacaciones recomendando dos libros: «El fin del mundo está muy cerca», de José Corral Sobrino, y «El español y su complejo de inferioridad», de Juan José López Ibor. A la vuelta se hundió Lehman Brothers y durante semanas se rozaron varios versos del Apocalipsis. Dicen que las cosas ahora están mejor, pero insisto en el consejo, aunque sólo sea porque el complejo de inferioridad español va a más y ciertos peligros a escala planetaria, nombrables e innombrables, también.
De todos modos, en este agosto lo fundamental será estar muy conectado, porque las fuertes emociones quizá se adelanten al regreso. Por eso yo me voy con un ordenador portátil Acer; con otro más pequeño, Vaio; con uno mini, HTC; con el Nokia N97, que es un computador a fin de cuentas, y con un iPhone. Cinco terminales, además de las radios y de las televisiones de glaciaciones anteriores y tres periódicos de papel -ya hay que hablar así- al día. Quizá me dé tiempo a ojear un libro, incluso los dos antes citados.
Quiero decir que las vacaciones no existen, que las jornadas laborales tampoco, que el tiempo dividido ha saltado hecho pedazos, que la habitual invitación a desconectar es una tontería y lo de ponerse las pilas, de traca por no citar el cambio de chip que tantos con vocación indisimulada de robot recomiendan solícitos a los demás, lo que indica que lo cumplen a rajatabla.
Sólo falta que la humanidad dé un paso más, establezca una hora idéntica para todo el globo y remate una de las dos únicas parcelaciones que aún sobreviven al post-Neolítico. La otra apunta a la moneda.
Quiero decir que, tras el jueves negro de octubre de 1929, el índice S & P cayó con fuerza y después rebotó: en 147 días subió un 46 por ciento para volver a hundirse casi hasta el infierno. Ayer el S & P cumplió su día 147 de subida con una ganancia del 46 por ciento. Pura identidad, ¿y en lo sucesivo? Tiemble después de haber reído.