JOSÉ LUIS MARTÍNEZ
SACERDOTE JUBILADO
Nuestra primera y más lógica preocupación es el pan. A través de la historia los humanos hemos tenido el deseo de vivir para siempre. Vivimos la ilusión de una conquista inalcanzable: llegar a ser inmortales o encontrar el elixir de la eterna juventud.
Jesús de Nazaret habla de una misteriosa comida que permanece: «No trabajéis por la comida que se acaba sino por la comida que permanece y os da vida eterna».
En la Biblia encontramos un referente en Moisés, en la cercanía y asistencia de Dios al pueblo a través de la travesía del desierto. En la primera lectura escuchamos la epopeya del pueblo de Israel, que atraviesa el desierto en busca de su libertad. La presencia de Dios, que alimenta a ese pueblo con el maná, le proporcionó sombra con la nube, agua que hizo brotar de una roca y protección en el difícil y peligroso camino. Fenómenos naturales como el maná, las bandadas de codornices caídas cerca del campamento por el cansancio y la fatiga son interpretados como sobrenaturales por su oportunidad, como actuaciones providenciales de Dios. Son figura y anuncio del nuevo alimento, ofrecido por Jesús, que se identifica con el pan de la vida: «Yo soy el pan que da la vida. El que viene a mí, nunca más tendrá hambre y el que en mí cree, nunca más tendrá sed».
El nuevo alimento es la eucaristía, «el sacramento de la piedad, como dice San Agustín, signo de la unidad y vínculo de la caridad». La eucaristía es una comida compartida, símbolo de fraternidad y solidaridad. San Pablo recrimina a los cristianos de su tiempo, que habían deformado con su conducta la esencia de la fracción del pan, convirtiendo la cena de la solidaridad y del amor en una mesa excluyente y elitista.
«Mi comida, dice Jesús, es hacer la voluntad de mi Padre» y la voluntad de Dios es que se repartan las riquezas, que se supriman las desigualdades, que se ponga fin a la pobreza y al hambre.
Mi gratitud personal a tantos voluntarios y voluntarias de Cáritas, cuya labor callada, constante y oculta hace presente a Jesús en nuestra sociedad. Desde el ropero parroquial o desde la tienda de comestibles, desde la visita a los enfermos hasta los programas de desarrollo y promoción, cientos de cristianos y cristianas están implicados en un proyecto de solidaridad, prestando un servicio desinteresado, acompañando a las personas, sin colocarse arriba ni abajo, sino al lado, compartiendo en igualdad de condiciones la lenta y difícil promoción personal y comunitaria.