LUIS M. ALONSO
La ETA ha vuelto a asesinar. Es lo único que sabe hacer. El balance es de dos muertos y 66 heridos. La banda terrorista cumple cincuenta años y posiblemente una de las cosas que nos quiere decir es que está dispuesta a seguir matando otros cincuenta años más. La única respuesta es no darles tregua y endurecer las penas, para que las palabras del presidente del Gobierno de que pagarán con la cárcel toda su vida no sean una prueba más de su fingimiento ante el mayor problema que tiene España y que él mismo se ha negado a entender de la manera correcta, al menos hasta ahora. No olvidemos -no se debe olvidar, por el daño cometido- que el Zapatero que habla hoy de cárcel para toda la vida es el mismo que llamaba personas de paz a los negociadores etarras y calificaba el atentado de Barajas como un accidente.
Los asesinatos de la banda terrorista ocuparían desde hace tiempo el espacio debido en las páginas de sucesos de los periódicos, no otros, si no hubiera habido hasta ahora partidos irresponsables dispuestos a beneficiarse de ello, otorgándole a los terroristas una categoría política que no tienen. Son sanguinarios delincuentes y así deben ser tratados, como en otros países se combate el crimen organizado. Pero, lamentablemente, no lo han entendido así los nacionalistas que agitaban el árbol para que cayeran las nueces y están dispuestos, seguramente, a seguir haciéndolo, ni los que cometieron el dramático error de confundir el derecho de los gobernantes a intentar una solución dialogada de abandono de las armas con un esperpento que sólo sirvió para dar oxígeno a los criminales y presentarlos ante la opinión pública como lo que nunca han sido.
Leo conmovido una valiente denuncia, como todas las suyas, del escritor y director de cine Iñaki Arteta, sobre el silencio de décadas de muchos ciudadanos frente al terror: los que admiten el amedrentamiento y los que siguen a lo suyo como si la cosa no fuera con ellos. Para derrotar a los terroristas, hay que derrotar al miedo. Y para no tener miedo hay que sentirse verdaderamente protegido por el Estado.