ELENA
SARRIÓN
FERNÁNDEZ-DIESTRO
Porque todo es igual y tú lo sabes, / has llegado a tu casa, y has cerrado la puerta / con ese mismo gesto con que se tira un día, / con que se quita la hoja atrasada al calendario / cuando todo es igual y tú lo sabes.» («La casa encendida», Luis Rosales).
Me pregunto si alguna vez sirvió realmente de algo quejarse, protestar, denunciar injusticias, o si hubo algún tiempo en que incumplir promesas electorales les pasaba factura a los políticos. Me pregunto cuándo empezó a cundir el desencanto, cuándo empezamos a mirar con hastío e incluso con sorna ese circo casi siempre vergonzoso en el que se ha convertido la realidad política de nuestro país, cuándo venció el cansancio y la indiferencia a la indignación y la vergüenza ajena que debería embargarnos. ¿En qué momento llegamos a asumir que lo normal es esto?
Me pregunto si alguna vez luchar valió la pena, si fue cierto que la prensa en su día podía provocar dimisiones destapando chanchullos, si en verdad hubo un tiempo en que la opinión pública les importaba algo a los políticos, si realmente tuvimos una voz que ya no alzamos o son sólo leyendas y eso nunca ocurrió. Y es que es tan extraño vivir en estos tiempos en que se sabe tanto, en que surgen noticias cada cinco minutos y hay tantas opiniones, y expertos que analizan y comentan, y tertulias diarias en la tele y la radio, y prensa digital y blogs y tantas cosas más para estar informados y saber lo que pasa... Y sin embargo, paradójicamente los políticos parecen más impunes que nunca, como si no importara que se sepa si roban o si mienten, si lo hacen bien o mal: basta esperar un poco, sonreír a las cámaras, tener un asesor de imagen medianamente bueno y esperar a que pase el chaparrón.
Porque todo es igual y lo sabemos: que no irán a la cárcel aunque hayan robado, y si van saldrán pronto; que no habrá represalias, ni dimisiones, ni asumirán responsabilidad alguna aunque fallen sus proyectos estrella, aunque asuele el país una crisis económica que hace un año algunos juraban que no existía, aunque la educación nunca mejore y sean nuestros jóvenes, y también los docentes, los que pagan el pato. Porque todo es igual y tú lo sabes, tal vez, igual que muchos, has llegado a tu casa y has cerrado la puerta con ese mismo gesto con que se tira un día, con que se quita la hoja atrasada al calendario cuando todo es igual y tú lo sabes. Y has leído o has visto o escuchado de nuevo las noticias que parecen siempre iguales aunque cambien los nombres de los protagonistas, y has sentido el hastío, la impotencia, la indefensión incluso de saber que de nada valdrá alzar la voz si al final, gane quien gane las próximas elecciones, lo hagan bien o mal, nunca serán ellos los que paguen los platos rotos. No, nunca serán ellos los que sufran la crisis económica, el paro, la incertidumbre o la precariedad laboral, ni los que vean a sus hijos aprender menos cada año y salir mal preparados para enfrentarse al mundo real.
Me pregunto si alguna vez sirvió realmente de algo quejarse, protestar, denunciar injusticias, si de verdad tuvimos voz o sólo lo soñamos. Y sobre todo me pregunto si estamos aún a tiempo de salir del hastío y el silencio, de hallar el modo de alzar todas las voces y hacernos escuchar para que sepan que sí importa hacer las cosas bien, claro que importa. ¿O es un sueño pensar que no es muy tarde para cambiar las cosas?