MARCELINO M. GONZÁLEZ
Hablando de Lada y de las fiestas de San Román del Nalón que hoy comienzan, me preguntaban en la tele de las Cuencas qué título daría a una columna, si la tuviera que escribir, a la luz de la problemática sobre la que habíamos tratado en la entrevista que también se le hizo al presidente de la sociedad de festejos de esta población langreana. Ya lo había pensado y contesté, sin dudarlo, que la titularía «Lada City, ciudad sin ley». Cuando aún era un adolescente, a alguien en el pueblo se le ocurrió la idea de poner en algún lugar un cartel que rezaba de esa manera y tal leyenda tenía su justificación porque Lada era un pueblo orgulloso de sí mismo y de sus habitantes, individualizado del resto de los distritos que hoy día conforman Langreo. Era un pueblo de trabajadores con el doble de población de la que tiene en la actualidad, autosuficiente, nadie se veía en la necesidad de subir a Sama o de bajar hasta La Felguera para colmar sus necesidades, fueran éstas la que fuesen. Lo cierto es que hoy, a finales de la primera década de 2009, las cosas son bien distintas, Lada ha perdido población, establecimientos comerciales y, sobre todo, ha perdido el predicamento que había tenido hace treinta años. Hace once perdió también sus fiestas de San Román. Lo único que no perdió es el orgullo.
Como ese rasgo de su carácter permanece incólume, un puñado de personas se ha propuesto rescatar la celebración patronal para, de alguna forma, intentar dar un impulso a la vida social del distrito y, a su vez, proclamar a los cuatro vientos: «Aún estamos aquí, tendrán que contar con nosotros». Son seis personas que, capitaneadas por Enrique Camporro, su presidente, han conseguido resucitar las fiestas, valga la expresión, pese a la crítica situación que vivimos y a las trabas burocráticas con las que se han encontrado; y lo han logrado con tesón, mucho trabajo y no menos ilusión, poniéndose el mono, como dice su presidente, gastando zapatos, subiendo y bajando escaleras y pasándose días enteros en vela. Son pocos pero corajudos y, con ese coraje y aquella ilusión, por fin hoy están contemplando el resultado de sus desvelos y la realidad de su conquista: el renacer de la fiesta.
Ha transcurrido todo un año de frenética actividad que les ha deparado alegrías, sinsabores y, en ocasiones, el desánimo y la tentación del abandono, pero han persistido en su empeño y, de esta forma, han señalado el camino a los que vendrán detrás de ellos y tomarán el testigo para que la memoria colectiva no se pierda en la niebla del olvido. Los jóvenes deben de tomar buena nota del ejemplo de sus padres. Hace muy poco tiempo me decía una entrañable amiga que «?quien no cuida de las raíces no deja a las ramas crecer. Para que crezcan tenemos que tener muy claro cuáles son nuestras raíces». Y eso sí que lo tienen muy claro los hacedores de este retorno fiestero. Por eso, parafraseando a nuestra querida amiga, Duke y yo hemos decidido modificar el encabezamiento de esta columna.
Ya todo está preparado. Licencias, seguros, carpa y ferial, pregonera, gaitas y tambores, orquestas y cantores. El pueblo de Lada también está preparado para disfrutar de tres días de festejo y algarabía fraternos, para demostrar a Langreo y a las Cuencas que aquí hay un pueblo acogedor y hospitalario, unas gentes trabajadoras y esperanzadas ante un incierto futuro que llaman a todo el mundo, gatos, salmerones, mirusos, pozaricos, langreanos en general y a todos los del Nalón y los del Caudal, asturianos, españoles, residentes y emigrados. A todos, ¡venid a Lada, seréis bien recibidos! ¡Suerte y felices fiestas!