FRANCISCO SÁNCHEZ
Andamos más que sobrados de las milongas de los diversos separatismos que pretenden dispersarnos. No hay aldea que se precie que no tenga una identidad histórica que defender, contra viento y marea, del centralismo imperialista.
Fundar una nación es de lo más sencillo. No hay más que robarle una bandera a otro y decir que es la propia de toda la vida, como hicieron los catalanes con la de Aragón, o dibujar una que tenga algunas cruces, que así aparenta más antigua, como hizo Fernando Arana, hace una siesta, en el País Vasco. Seguidamente y con unos cuantos maestrillos frustrados, se funda una academia que inventa una lengua, cogiendo, de aquí y de allá, las palabras más raritas de los diversos chapurreaos del lugar. Por último, se escribe una historia nacional expurgando lo que interesa de la vida de los próceres locales o, si llega el caso, inventándoles gestas heroicas en batallas perdidas.
Ya ve usted que fácil. Luego sólo tiene que encontrar a unos politicastros ansiosos de ser cabeza de ratón en lugar de cola de león y repetir tales imposturas una y mil veces. Acudirán a apoyarle, como moscas, todos cuantos ansíen un puesto y sean incapaces de aprobar unas oposiciones nacionales, todos los contratistas de obras fáciles de conseguir con tal de contribuir a la fiesta del pueblo, todos los mediocres en cualquier otro orden de la vida y, ni que decir tiene, que todos los tontos en tropel.
Por el resto del personal no se tiene que preocupar. Ya sabe que acabarán entrando por el aro o, al menos, dejarán hacer y no dirán nada, especialmente si los patriotas de aldea sustentan sus envites con unos cuantos petardos o unos tiros en la nuca, aunque esto tampoco es imprescindible, pues basta con ir minando la resistencia poco a poco de forma constante e inexorable. He ahí los dos ejemplos de esas dos formas de atraerse a la mayoría silenciosa que ofrecen el País Vasco y Cataluña respectivamente.
En esta desmesura estamos ya hace años y nos rasgamos las vestiduras sólo cuando alguien muere inútilmente por la acción de unos descerebrados que se envuelven en una bandera inventada, en defensa de una patria que jamás existió y que, por todo uniforme, visten un pendiente en una oreja, que hay que ser tonto para andar de clandestino con semejante aditamento delator.
Es posible que algunos de éstos acaben consiguiendo su nación diminuta, pero la historia les abrirá los ojos. Mire usted que hace algo más de trescientos años que Portugal se independizó de España y dicen las encuestas que cada vez son allí más los que estudian español y quieren el retorno. Que se separen los que quieran, que nos vamos de vacaciones a Lisboa.