PACO G. REDONDO
Muchos tenemos la imagen de los tranvías madrileños en los documentales sobre la España republicana de los años treinta. La España desarrollista de los sesenta eliminó los tranvías considerándolos anticuados, apostando por coches particulares y autobuses como signo del avance del transporte urbano, mientras otros países no precisamente atrasados, como Suiza y Alemania, los han mantenido o recuperado, tendencia de moda en grandes ciudades españolas en la actualidad.
El estudio elaborado por Epypsa para el Ayuntamiento sobre la implantación del tranvía en Gijón considera viables sólo dos de las cinco líneas analizadas, pero los niveles de inversión necesarios escapan a las posibilidades municipales como el agua entre las manos; una línea nueva entre Roces, El Llano y Moreda costaría 112 millones de euros, con un coste de explotación para dos líneas de 10 millones de euros anuales, que sólo se justificarían de contar con una elevada utilización.
Desde luego, el «tren-tran» o tranvía previsto por el centro de Asturias, a 30 kilómetros por hora con paradas cada 500 metros, para tardar más de una hora en el recorrido Oviedo-Siero-Oviedo, con un gasto de unos 200 millones de euros, es un claro ejemplo, y más en tiempos de recesión, de dónde se puede evitar el despilfarro y ahorrar para causas más provechosas. El tranvía tiene sentido en distancias medias urbanas (Oviedo-la Corredoria o Humedal-Roces) no en mayores distancias interurbanas.
En Gijón el 85% de los desplazamientos se realiza en vehículo privado -los carriles bici apenas se usan aún- y el 15% en transporte público; por tanto, con recorrido para crecer. Dado que el metrotrén enlazará la ciudad de Oeste a Este, la lógica induce a considerar como complemento factible para dinamizar el transporte urbano una perpendicular Norte-Sur, desde la plaza de Europa a Montevil por la semipeatonalizada avenida Schulz, eso sí, cuando las finanzas lo permitan.