ESTEBAN GRECIET
No ha de caber la menor duda de que los políticos son de carne y hueso. Probablemente, más de aquélla que de éste, si nos atenemos a las veleidades conocidas de unos cuantos. Y ya se sabe que la carne es flaca. Por no buscar ejemplos más cercanos, sobrantes sobre todo por el ala derecha, tenemos el caso de Silvio Berlusconi, tan escandaloso como celebrado por muchos de los italianos, siempre alegremente frágiles ante todo lo sensual.
Pero la carne así considerada, además de formar parte del triunvirato de los enemigos del hombre, ha adquirido un gran predicamento en nuestros días, a veces con poquísimo recato. Se cuenta que el general Franco advertía siempre a ministros y gobernadores: «Sed castos, y si no podéis, sed cautos». Cautelas, por supuesto, de cara a la opinión pública. Eran otros tiempos. Y quien dice políticos, dice igualmente ciudadanos del común.
Siempre ha sido éste un ámbito resbaladizo del comportamiento humano. Pero, aún con ello, las costumbres han cambiado de forma radical desde hace algunos años. No está de moda «comprimirse», como dicen en las zarzuelas. He leído este día que un colega de profesión asegura -supongo que con orgullo, puesto que de ello alardea- haber «disfrutado» (?) de tres mil mujeres durante 30 años, a razón de dos por semana.
Sin duda, estamos ante una persona modesta porque, si Pitágoras no miente, contando los bisiestos, a mí me sale que los disfrutes de mi colega se contabilizarían en 3.137 mujeres y media. Una muchedumbre que puede alcanzar la marca obtenida por Julio Iglesias, si es que mi colega continúa en tan agitados afanes, para lo que puede ayudar la llamada guía erótica (?) que está a punto de editarse y que puede convertir el Principado en la meca española de semejantes actividades.