FERNANDO GRANDA
Un amigo dice que cuando lee algo que he escrito le remite al rincón del ingenuo. Otro señala que son las notas de un optimista. Alguno me recomienda que sea más crítico. El hecho es que para contentar a todos necesitaría más datos. Es decir, poder de documentación. No vale solamente lo que se pueda lograr por internet, donde está depositado bastante material pero donde hay bastante basura y bases de datos no del todo comprobables. Por eso me fío, principalmente, de mis cuarenta años de experiencia como periodista en ejercicio, de lector empedernido, con cierta memoria fotográfica aunque sin llegar a los extremos de la Lisbeth Salander de las novelas de Stieg Larsson. Y, por supuesto, de fuentes documentales históricas. Permanecen pocos secretos en este campo.
Sin embargo, hay temas que carecen de cualquier fuente porque realmente no existen, no están registrados o son secretos por descubrir. Son los protagonizados por personas que fuera de su ascendencia e influencia profesional son completamente opacas fuera de su trabajo, se alejan de los focos informativos y prefieren el descanso activo, el incógnito personal, la tranquilidad familiar o las vacaciones sin titulares.
De estas personas, de estos profesionales eminentes, hay muchos que descansan en Asturias en sitios recónditos, rincones secretos, pueblos sin cámaras, comarcas «perdidas»? Son gentes de la industria, de la literatura, de la política, del cine, de otras diversas artes, de la filosofía. Recuerdo cuando a un pueblo de dos o tres decenas de habitantes llegaban por el verano un director general de los departamentos agrarios, dos o tres médicos eminentes, el secretario de uno de los ministros más activos e influyentes, un polémico catedrático de Universidad, insignes profesionales extranjeros, todos con sus familias, todos interesados en pasar unos días de descanso, de tranquilidad y sosiego, sin focos, sin cámaras, con intención de pasear, pescar, bañarse en la playa o el río y disfrutar del ocio con los suyos.
Ya casi no hay seres que puedan hacer esto. Personas que logren desaparecer de entre el gentío turístico, del ojo escrutador del veraneante, del curioso, del «cazaautógrafos». Recuerdo a un profesor que se adentraba con sus libros a estudiar en alejados acantilados, un artista que va a pintar por montes solitarios y meandros de difícil acceso de pequeños riachuelos? Conozco a varios de estos profesionales, huidos del mundanal ruido, que tienen su rincón en una zona boscosa del centro astur, una casa junto a una playa silenciosa y salvaje del Occidente, una finca en una sierra apartada del Oriente.
El pasado verano visitaba a uno de estos discretos personajes. Por culpa de un monumental atasco de fin de semana llegaba con muchísimo retraso sin poder avisarle de esta circunstancia. Iba a ver a un artista cargado de premios internacionales que descansa en un pequeño valle rodeado de árboles, en un antiguo molino adonde no llegan ni el coche ni las señales telefónicas, ni las televisivas; apenas las radiofónicas, donde la tranquilidad es absoluta. Estaba en su rincón secreto.