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Shelley, el mar, la infancia perdida

n Los habituales de la playa dicen que hay menos arena

 
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Shelley, el mar, la infancia perdida
Shelley, el mar, la infancia perdida  

JESÚS DEL CAMPO Un 4 de agosto nació Shelley. Recuerda uno su libro de Literatura del Bachillerato, en el que se estudiaba a Shelley junto con Byron y Keats. En Literatura, tres no es multitud. Dante, Petrarca y Bocaccio también venían juntos. Había en aquel libro una foto del cementerio romano en el que están las tumbas de Shelley y de Keats. Byron se buscó otro destino, también a tono con el impulso romántico. Es Byron quien, pocos días después de que Shelley se ahogara, escribe que se encontraron en su bolsillo los poemas de Keats; es también Byron quien habla de la pira funeraria de Shelley en una playa. Byron leía la «Anábasis» de Jenofonte, cuyo pasaje más famoso es aquel en el que los guerreros griegos gritan de alegría al ver el mar. Eso no pasa en Gijón, donde el mar se puede ver todos los días. Otra cosa es que se pretenda hacerlo viniendo en tren desde Madrid; parece que el AVE va a ser cosa de palacio e ir despacio, al menos por un tiempo. Se diría que a veces queda en esta región un recuerdo de los días en que las comunicaciones con el exterior eran tan duras que ya se conforma uno con lo que hay. Les confieso que a mí no me molesta mucho el dichoso tramo Llanes-Unquera, aunque objetivamente sea un gran fastidio. Uno sabe bien lo que era tardar cinco horas en llegar a Bilbao, seis y pico a la frontera francesa. Lo malo del Llanes-Unquera, eso sí, es la inercia que te acostumbra a creer que el monte es orégano, y que puede hacerte olvidar que suele haber agentes de la autoridad allí donde ya no se puede conducir a velocidad de autovía. El bolero dice que la distancia es el olvido; en la carretera, el olvido es una multa. También hay que decir que, en comparación con la Policía francesa, tan poco versallesca, la española te trata con modales de gentleman.

Thalatta, thalatta, gritaban los griegos. El mar, el mar. Nunca se aprecia lo que se tiene cerca. Gijón estuvo a punto de quedarse sin un poco de mar en el horizonte según cómo se llevaran a cabo determinadas obras portuarias; los habituales de la playa, por su parte, me dicen que hay menos arena. Será verdad. Uno de los problemas de dejar atrás la infancia es que las cosas cambian de tamaño; la playa y el parque dejan de ser inmensos. Otro problema de la edad adulta es que hay que votar. No me malentiendan. Quiero decir que a uno le gustaría ver en todo a los mejores. Por eso es bueno acordarse de Shelley, por eso es bueno que se haya vuelto a abrir al público la casa de Hamspstead en la que vivió John Keats. El talento creativo suele ir reñido con la visión ordenancista del mundo. Thalatta, thalatta. Que agosto venga bien.

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