Ríos salmoneros asturianos: oración, despedida y cierre

n Reflexiones a raíz del valiente y magnífico artículo de Juan Delibes

 
Ríos salmoneros asturianos: oración, despedida y cierre
Ríos salmoneros asturianos: oración, despedida y cierre  

ALBERTO CARLOS POLLEDO ARIAS Ya iba siendo hora de que personas influyentes en temas medioambientales levantasen la voz para denunciar la situación del maravilloso pez en los ríos asturianos. Me refiero al estupendo artículo «Y el salmón tocó fondo» escrito por Juan Delibes, publicado en este mismo diario el día 1 de agosto de 2009, en el que señala, sin tapujos, los males que acechan el porvenir de estos torpedos plateados. Por eso deseo fervientemente que su contenido llegue a todos los estamentos que, de alguna manera, estén relacionados con la pesca, los salmones y su conservación: Administración, pescadores, grupos ecologistas, científicos, guardería, empresas, industrias contaminantes, asociaciones... Artículos escritos por gente notable son los que engrasan la maquinaria de las soluciones y ponen en guardia y nerviosos a los responsables de que cauces y peces mantengan su ciclo vital. Los de casa llevamos muchos años diciendo lo mismo que el señor Delibes, aunque, a nosotros, ni puñetero caso. Esperemos que a él se lo hagan.



Dice Juan que el salmón es una especie amenazada y que el aprovechamiento llevado hasta ahora no ha sido el más adecuado, mientras compara sus situación con la de los Estados Unidos de América, que hace más de una década vedaron la pesca y situaron a la espacie en el Libro Rojo de especies amenazadas. Continúa diciendo que no hace tantos años los salmones remontaban el Duero y el Tajo, donde ya se extinguió la especie. Me atrevo a añadir unas líneas del artículo que publiqué en este mismo periódico el día 12 de abril de 2001, titulado «Salmones: mercado de miseria». El salmón va a desaparecer de nuestros ríos, al igual que lo hizo y lo está haciendo en Galicia, Cantabria y País Vasco. Vamos a citar los ríos salmoneros de estas tres comunidades según el libro «Ríos salmoneros de España» publicado en 1930 por el marqués de Marzales.



En Galicia: Miño, Tea, Arroya, Neira, Parga, Sil, Berdugo, Lerez, Umia, Ulla, Tambre, Jallas, El Puerto, Allones, Mero, Mandeo, Eume, Jubia, Sor, Landrove y Masma.



En Cantabria: Nansa, Saja, Besaya, Pisueña, Miera y Asón.



En el País Vasco: Cadagua, Nervión, Ibaizábal, Plencia, Deva, Urola, Orio, Urumea y Bidasoa.



Pues señores: entre todos ellos no hacen uno. Está claro que el cerco, por Poniente y por Levante, se estrechó tanto que el Eo está dando las últimas bocanadas; Navia, Porcía, Esva y Nalón agonizan; tan sólo nos quedan Narcea, Sella y Cares con posibilidades, remotas, de recuperación. Aunque son tantos los obstáculos que bloquean su futuro que, con certeza, podemos garantizar su desaparición, a no ser que se tomen remedios excepcionales.



Prosigue el admirado Delibes: «Los ríos tienen cada vez menos agua y de peor calidad, por no citar las numerosas minicentrales y otras barreras que imposibilitan llegar los salmones a sus frezaderos naturales». Ya el 17 de mayo de 2000 en el artículo titulado «Ríos salmoneros en peligro de muerte» dije que a los ríos asturianos les crecen los enanos; ahora, y para acabar definitivamente con ellos, llega la hora de las minicentrales eléctricas. Esto es, centrales hidroeléctricas de baja potencia que, merced al agua derivada mediante un represamiento en la cabecera de pequeñas cuencas, producen electricidad utilizando el agua para mover las correspondientes turbinas. Que el término «mini» no nos engañe; el impacto ecológico de las centrales es brutal y definitivo sobre paisaje, vegetación, fauna y calidad de las aguas. Todas estas trabas obligan a los salmones a desovar en los tramos medios de los ríos, lo que, sin duda, implica una tasa de depredación de las puestas insostenible para el mantenimiento de las poblaciones a largo plazo. El lugar óptimo para el desove son las cabeceras de los ríos; ya que son medios muy pobres en recursos, también son incapaces de mantener poblaciones permanentes de depredadores y se convierten así en lugares perfectos para depositar los huevos y confiar en altas tasas de multiplicación. ¿Cómo es posible que no se obligue a devolver al río los ejemplares de mayor tamaño para que el desove sea natural, eficaz y poderoso? ¿Por qué razón se permite pescar en el Navia y en el Porcía cuando virtualmente están muertos y si algún ejemplar alcanzara sus aguas habría que protegerlo contra viento y marea?



Dice más adelante que «algunos pescadores atribuyen todos los males a la presencia de predadores antaño escasos o inexistentes, como los cormoranes y las nutrias, aunque no cabe duda de que se trata de una opinión demasiado simplista». Más le parecerá cuando se entere de que los hay que quieren añadir a la lista de indeseables al martín pescador y yo los animo a que incorporen también a la culebra de agua: hace escasos días pude observar a una de ellas ¡qué desastre! con una trucha en la boca. Según ellos, faltaría más, en el río sobra la biodiversidad; todo lo que no pueda colgarse de una caña hay que eliminarlo que para eso pagan una licencia; lo tremendo es que son 50.000 más los que vienen de fuera.



No tiene desperdicio su siguiente reflexión: «La especie se halla amenazada y son muy pocos los ejemplares que logran completar su ciclo y retornar a los ríos donde nacieron para perpetuarse. Todos los pescadores sabemos que la mayoría de los salmones que entran en los ríos españoles para desovar entre principios de año y el mes de julio muere a consecuencia de la pesca. Matamos más, mucho más, de lo que la Naturaleza es capaz de producir». Hay que actuar de inmediato; vedar los ríos un mínimo de diez años es imprescindible para potenciar la freza natural, que es la única garantía de supervivencia de la especie porque restablece el vigor congénito de los peces, y que el retorno, una vez cumplido el ciclo vital, lo realice el mayor número de ejemplares posible.



Valiente y magnífico artículo el de Juan Delibes que posiblemente sirva para encender las alarmas en una Administración que está en el limbo y no quiere, porque se juega unos votos, o, lo que es peor, ni sabe ni intenta poner remedio a una situación que cada año que pasa se torna más irreversible porque, como yo mismo decía en estas páginas -pronto se cumplirán diez años de aquel escrito- para que los salmones retornen a nuestros ríos y que sus orillas, junto con los pueblos ribereños, se conviertan en un foco de riqueza (la pesca de río atrae a deportistas de todos los lugares del mundo en gran cantidad, siempre que las posibilidades de colgar de la caña algún pez y el entorno ambiental sean notables) donde se pueden crear muchos puestos de trabajo y a la vez demostrar que Asturias es Paraíso Natural.



No hay más que una senda para intentar conservar este símbolo de la Naturaleza asturiana -sin garantía de conseguirlo- y hay que poner todos los medios para que no se pierda. Sí a la depuración de sus aguas para que tengan una calidad adecuada. Sí a una veda, por lo poco, de diez años, para que los peces puedan recuperarse con la freza natural. Sí a los ríos acotados en su totalidad. Sí a los tramos de pesca sin muerte. Sí a una guardería cualificada y adecuada, en número, a las dimensiones de los ríos. Sí al lance exclusivo con mosca y unas orillas sin basura. No a purines, centrales térmicas, saltos de agua, minicentrales, industrias químicas y lecheras que contaminan las aguas. No a las balsas de cianuración. No a las asociaciones de pesca que piden barra libre. No a sobreexplotación, furtivos, chalequeros y amantes de la pesca submarina. Todo lo demás será convertir, en un futuro que ya está aquí, nuestros ríos en un yermo. Eso sí, podemos hacer aulas didácticas y sendas peatonales en sus riberas, que remeden las de los dinosaurios, para que nuestros descendientes no se olviden de que aquí en Asturias, hace muchos años, los salmones colonizaban los cauces fluviales.



Ya saben: oración para que la Administración tome medidas contundentes y retornen los salmones a sus aguas, si el calentamiento de los mares y el cambio de las corrientes del golfo lo permiten. Despedida a una temporada nefasta pronosticada hace varios años. Cierre de los ríos y vigilancia extrema para no tener que catalogar la especie en peligro de extinción.

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