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Los amores de Jovellanos

n Un aspecto de la biografía del prócer que nunca se cierra de forma clara y completa

 
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Los amores de Jovellanos
Los amores de Jovellanos  

VICENTE CUEVA DÍAZ PATRONO DE LA FUNDACIÓN FORO JOVELLANOS Los capítulos de cuantas biografías profundizan en la vida y obra del pensador ilustrado y que tratan de su vida amorosa nunca cierran el tema de forma clara y completa. Muchos biógrafos se contradicen y los datos se entremezclan sin alumbrar la verdadera realidad. Un temperamento de natural tímido, prudente y sumamente reservado silencia, si es que lo hubo, el nombre de la dama o damas quizás amadas y que sólo con apelativos arcádicos vertidos en sus poemas proporcionan indicios de que en algún momento de su vida conoció el amor de mujer.

Sin duda amó profundamente a su familia, en la que existió gran concordia entre sus miembros, según dejan ver los pocos testimonios conservados. «Su padre, don Francisco Gregorio, de corazón tierno y generoso, pudo felicitarse en su vejez de la feliz colocación de su numerosa familia. Su madre, doña Francisca Apolinaria, señora de grande hermosura y dulzura de carácter, que tras la desaparición de su hijo Gregorio, distinguió en su corazón al pequeño Gaspar de los demás hijos. Muy importante debió ser la influencia de la figura materna en el pequeño Gaspar».

Grande fue el amor a sus hermanos, especialmente a Francisco de Paula y a sus hermanas, con las que tuvo estrecha relación, a lo largo de toda su vida. El afecto que profesó a sus amigos le costó derramar lágrimas en muchas despedidas y su lealtad le llevó a exponer en varias ocasiones su prestigio y su honra: Olavide, Cabarrús... Pero, con certeza, los grandes amores de Jovellanos fueron la Cultura, el Instituto Asturiano y la Nación.

El amor a su Asturias natal fue patente y manifiesto. Situado frente a lo sublime de la naturaleza, el mar, las altas montañas, las tempestades, la inmensidad y el silencio, el asturiano encuentra un motivo de reconciliación, una posibilidad de volver a percibir, en un mundo crítico, el Universo como morada. De la conjunción de ambos amores, Asturias y cultura, nació, como su hijo predilecto, el Real Instituto Asturiano, vinculado a su Gijón natal. Fue su empresa más codiciada y que más hondamente le absorbió.

Por último su Patria, el servicio a su Nación, demostrado en su lucha por la Libertad, tras los funestos acontecimientos a raíz de la Guerra de la Independencia, lucha que acabó de minar su, ya entonces, quebrantada salud.

Hombre de fina sensibilidad y amante de la belleza, tanto de la naturaleza como la arquitectónica y pictórica, no pudo ser insensible a la belleza femenina. Los biógrafos no se ponen de acuerdo sobre si amó a una o varias mujeres, pero sí ha quedado constancia de «una pasión amorosa pudorosamente velada» en sus poemas. ¿Una? ¿Varias? El poeta encubre el verdadero o verdaderos nombres con nombres figurados: Enarda, Clori, Belisa, Marina, Galatea, Alcmena. Posiblemente los nombres de Enarda, Marina y Belisa puedan corresponder a una misma mujer. No así Clori. En sus años maduros Jovellanos vuelve a nombrar a Enarda en otro poema con la tristeza del amor no realizado plenamente. «La historia amorosa de Jovellanos es uno de los puntos más oscuros de su biografía. Nada sabemos de quien era o quienes eran las mujeres que amó», comenta el profesor Caso González.

¿Cómo es posible que a un hombre de tal linaje, gran apostura, belleza varonil, prestigio y cultura, le hayan sido negadas las delicias y el equilibrio que aportan las vivencias de un amor pleno y compartido con mujer?

Cuando a sus 24 años fue nombrado Alcalde del Crimen de la Audiencia de Sevilla, este joven magistrado, «de estatura proporcionada, alto, blanco y roxo..., con voz agradable y bien modulada y con una elegante persuasiva (a) todas las personas de ambos sexos», no podía pasar desapercibido y ser considerado un gran partido para las damas solteras de la alta sociedad sevillana. ¿Fue ello debido a su indudable timidez, a la que debieron contribuir sus años de formación eclesiástica, a su desmesurada austeridad, a su sentido de la virtud, a su depurado buen gusto, a su rigurosa selectividad y a su exigencia de unas cualidades en la mujer que no reunían la mayoría de las damas de su tiempo? ¿Fue su rendido culto a la «virtud», entendiendo este término en sentido laico, lo que obstaculizaba el abandono de su celibato? ¿Podría ser ésta la causa de su acérrima soltería?

A mediados de siglo había echado raíces en España una costumbre que parecía venir de Italia: la de que ciertos maridos permitiesen, más o menos tácitamente, a sus mujeres, con el beneplácito de contertulios y parientes, una estrecha amistad con determinada persona de sexo contrario. El cortejo, que así se denominaba a este amigo especial, tenía entrada libre en la casa de la dama y, entre sus cometidos, además de lisonjearla, se encontraba el de aconsejarla en materia de peinados y modas, acompañarla en el desayuno, aunque ella estuviese en la cama y el de hacerle caros regalos y satisfacer sus caprichos.

En la primera mitad de siglo, Carlos III, el rey viudo y puritano, frenaba con su ejemplo todo conato de exhibición pública contra la moral y conservaba una distancia ceremoniosa entre su persona y las damas nobles. A partir del reinado de su hijo Carlos IV y su disoluta esposa María Luisa de Parma, las costumbres amorosas practicadas públicamente se relajaron y es indudable que entre ambos reinados se aceleró la metamorfosis del cortejo en adulterio, reinando la más completa libertad de conductas. A finales del siglo quedó bien claro para todo el mundo que el cortejo no era un juego amoroso blanco y en las discusiones sobre si pertenecía al mundo del «pescado o carne», también quedó claro que pertenecía «al mundo de la carne».

¿Cuál fue la actitud de Jovellanos ante tan disoluta «epidemia»?: el fomento de la virtud, concepto para él aliado siempre con lo positivo y como Moratín expresa en sus Sátiras I y III, se pronunciará en «contra del vicio pero no contra el sujeto». La sociedad había convertido el amor erótico en pecado y el ilustrado asturiano, ya desde su juventud sevillana, había quedado prendado de un modelo de mujer que conoció en el círculo de Olavide. «La tertulia no servía exclusivamente para dar rienda suelta a la conversación sesuda o para realizar actividades más o menos literarias. Animada por Engracia de Olavide, la medio hermana del Asistente, se había convertido asimismo en un lugar acogedor, muy lejano de las insulsas reuniones sociales de la época, donde la presencia femenina desempeñaba un papel de primer orden en el intercambio intelectual y amistoso».

No estaría fuera de lugar suponer, además, que algunas de las mujeres de apelativo arcádico que inspiraban los escarceos poético-amatorios de Jovellanos hubieran asistido a este estimulante círculo:

tus ojos... Musa mía

¿cómo tu voz pudiera

los rutilantes ojos

pintar de Galatea?

Sobran más reflexiones. Con lo expuesto, que cada uno saque sus propias conclusiones.

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