ESTEBAN GRECIET
Hubo flores, y velas, y aplausos, y oraciones, y una suelta de globos de colores que ascendieron al agosteño cielo azul mediterráneo, y, por supuesto, lágrimas en memoria de Silvia, de siete tiernos años, que el 2002 moría bailando en la casa cuartel de la Guardia Civil de Santa Pola a manos de una tropa satánica, porque quien mata a un niño se convierte en diablo.
Han pasado los años, otros siete, y me alegro de que, contra mi pronóstico de entonces, no pasáramos página para olvidar el absurdo tributo de ver acabada una vida que empieza. Lo debemos a Toñi, otra madre coraje, que mantiene aún viva la memoria de Silvia, a costa de revivir el sufrimiento.
Tal día como hoy, uno pedía perdón a Silvia desde esta columna: por todos nosotros, los periodistas, por cuantas veces hemos tratado de entender lo incomprensible, confundido la tolerancia con la libertad, aceptado el lenguaje de los matarifes, incluso publicado sus soflamas?
Y es que no hay nada en el mundo que valga el precio de la vida de un niño, y menos un problema artificial. También los guardias civiles tienen madre, rezaba un titular de prensa que hizo historia. Tras la muerte de Silvia y de otros 25 niños, rotos por la metralla en los cuarteles, no sobra recordar que también los guardias civiles tienen hijos.
Habría, sí, que suplicar perdón por los políticos transigentes, los jueces timoratos, la sociedad olvidadiza, los eclesiásticos ambiguos, los periodistas comprensivos, por la cómoda unánime condena y la recurrente enérgica repulsa. Autores y cómplices no necesitan, ni merecen, ni desean el perdón de las víctimas.
Los globos de anteayer en Santa Pola han sido, más que un símbolo, un mensaje: el de que Silvia siempre será niña.