LUIS M. ALONSO
Entre las cosas que nos quedan por ver está si la secretaria de organización socialista es capaz de superar el «examen de valencianía» al que la quiere someter el PP para poder ser senadora. En este insólito examen, no cuenta lo que al público, en general, le parezca la guipuzcoana Leire Pajín: si nada valenciana, poco valenciana o valencianorra. Simplemente, parece una demostración de fuerza o un castigo, en último caso un capricho, para impedirle a esta chica tan mona y sectaria que ocupe el escaño en la Cámara alta. Sea lo que sea, lo que yo creo que no está bien es perder el tiempo en estas cosas tan mezquinas y partidistas cuando el país necesita de todos los esfuerzos para resolver los grandes problemas que tiene planteados. Además, el examen puede salirles caro a los populares en el reparto del pastel que corresponde negociar en el próximo período de sesiones. Pepiño Blanco ya ha avisado y el que avisa no es traidor.
La pregunta que seguramente se estará haciendo ya más de un lector es en qué consiste un «examen de valencianía». Según se ha dicho, el temario para Leire Pajín incluye la financiación autonómica, el trasvase del Ebro, la seguridad ciudadana y la lengua. Pero puestos a ello, también podrían pedirle que haga una paella o que se vista de fallera para comprobar si el vestido tradicional le sienta mejor que a Camps los trajes de Milano.
Resulta lamentable certificar día a día la defunción política de este país: el debate marcado por las ocurrencias, el enfrentamiento partidista y el sectarismo más insultante. España se ha encontrado en la peor de las circunstancias de su reciente historia con el peor Gobierno y la peor oposición.
¿Qué opinión puede tener el parado, si es que no la tiene ya, de unos representantes del pueblo soberano ocupados en bloquear nombramientos o, lo que es peor, en corromperse valiéndose de los cargos públicos? ¿Qué puede pensar de todo esto cualquier persona decente?