JOSÉ MARÍA CASIELLES AGUADÉ
El triste caso de la joven mujer marroquí y de su bebé, recientemente muertos en Madrid por causas bien distintas, y ambas de bajísima probabilidad estadística, merece alguna reflexión.
En primer lugar, hay que reconocer una desafortunada titulación de la noticia, porque la palabra «negligencia» tiene la carga semántica de falta de atención, indolencia, actitud de descuido, en las que subyace culpabilidad por desidia. No es éste el caso.
¿Ha habido error? Indudablemente, sí; pero, ¿cuál fue su causa? Sin lugar a duda pueden señalarse varias que, como comúnmente se reconoce en la prevención de riesgos laborales, puede dar lugar a un resultado grave, y que habría que clasificar bajo la denominación común de «deficiencias del sistema»: La similitud de los envases de un producto que requiere formas de administración radicalmente diferentes; la estresante carga de trabajo de los servicios de enfermería, que condiciona la inadecuada adscripción alternante a las más diversas especialidades sanitarias; la falta evidente de personal técnico suficiente para que no se produzca la indeseable circunstancia anterior...
Lo más importante ahora no es buscar responsabilidades -que probablemente sería injusto individualizar-, sino corregir deficiencias de función, de carácter institucional.
Es confortante reseñar que, hasta el momento, llama la atención la mesura y sensatez de los marroquíes consultados por los medios de comunicación social, sobre este infortunado caso.
Por otra parte, queda fuera de toda duda, el interés de los médicos y enfermeras en procurar sistemáticamente el bien de sus pacientes; de modo que todo el mundo entiende correctamente que al sensible dolor de la familia afectada por estas fatales desgracias hay que añadir la angustia de la enfermera, que indudablemente ha de estar pasándolo muy mal.
Los farmacéuticos recibimos, con alguna frecuencia, información colegial de cambios de nombre, impuestos por Sanidad, a medicamentos que, por su grafía muy parecida, pueden inducir a error en la dispensación. Alguna medida similar debiera ser tomada por los laboratorios, con el diverso envasado y etiquetado en color distintivo, de fármacos que requieren distinta forma de administración.
Todos nosotros, como pacientes, hemos sido también testigos de la habitual sobrecarga de trabajo que padecen médicos y enfermeras, especialmente los fines de semana o en los períodos vacacionales clásicos; y no digamos los servicios de urgencia hospitalaria, que nos sufren en todo tiempo.
No es menos cierto, que los que hemos estado ligados a tareas docentes universitarias conocemos bien las rigurosas exigencias de selección y formación de los sanitarios españoles: elevada nota de corte para el ingreso en facultad, exigente instrucción académica, exhaustivas prácticas clínicas, etcétera, que colocan indiscutiblemente a la Sanidad española entre las primeras del mundo; pero no la libran de infortunios ineludibles.
Esperemos del buen sentido de los jueces, que todas estas circunstancias sean estimadas en la correcta valoración de esta desdichada causa, sin perjuicio de las adecuadas indemnizaciones a la familia afectada, que las instituciones españolas hayan de asumir por responsabilidad civil subsidiaria.