J. M.
CARBAJAL
Miles de personas y toneladas de basuras. Ésa es la tónica habitual después del paso del «tifón» del Descenso Internacional del Sella. Nada que objetar al rendimiento de las brigadas de limpieza que se encargaron de poner en óptimas condiciones de salubridad las villas de Arriondas y de Ribadesella, y en un tiempo récord, donde los «romeros» habían dejado bien marcadas sus huellas, como si de Atila, rey de los hunos, y de los bárbaros se tratase, invadiendo, en este caso, el Oriente en lugar del Occidente.
En la tarde del domingo, la capital parraguesa ponía punto final, salvo alguna que otra excepción, al asunto de recogida de residuos por la urbe parraguesa; y el lunes ocurría lo mismo en la villa riosellana. Mientras tanto, aún coleaba al mediodía del martes -por ayer- cantidad de porquerías esparcidas por la zona recreativa -o de descanso, como ustedes prefieran- de El Lladuengu, a la vera del río Sella, en los aledaños de El Portazgo, en territorio de Cangas de Onís, aunque a tiro de piedra del puente de Arriondas.
No sé si las competencias sobre ese bucólico lugar pertenecen a la Demarcación de Carreteras en Asturias, o bien al propio Ministerio de Fomento o al Ayuntamiento de Cangas de Onís. Sea quien sea, incumba a quien incumba, resulta dantesco observar ese decepcionante panorama a la entrada del «paraíso natural», a escasos kilómetros del área de influencia del parque nacional de los Picos de Europa, transcurridos tres días del follón festivo. ¿Carencia de efectivos? Me consta que existen planes muy concretos, desde hace unos años, para actuar con puntualidad a lo largo del fin de semana de Les Piragües.
En mi opinión, debería involucrarse bastante más el Ayuntamiento de Cangas de Onís, pues sus dominios también «viven» -¡y vaya si lo hacen con el majestuoso evento del agua y del Sella!- la fiesta de las Piraguas de Asturias. La extensión «habitable» de la macrofiesta de El Merediz, igualmente asentada desde que fuera creada en término municipal cangués, antaño en La Dehesa, suele alargar a sus animosos «fans» hasta el campamento base que se monta la víspera -ya en la jornada del jueves- en la susodicha área recreativa de El Lladuengu.
La demora en la retirada del ejército de campistas en esos puntos concretos, así como el desmadre de porquerías arrojadas, deja incrédulos a los turistas que se acercan a disfrutar de los parajes de la comarca. Del mismo modo que los organizadores de la fiesta del agua y del Sella -que no del Descenso- obtienen suculentos beneficios, el propio Ayuntamiento de Cangas debería exigirles a rajatabla el cumplimiento de un plan de limpieza urgente y fehaciente, con ajustes de tiempo. Pero, no sólo a ellos, en lo concerniente a las espaciosas fincas que ocupan en el largo fin de semana, sino que abarque de igual forma a otro elevado número de «empresarios» que pululan a sus anchas en los alrededores, incluso al pie de los arcenes de la N-634.
En caso contrario, pues sólo sus responsabilidades atienden a lo que acontece de vallas hacia dentro, creo que la Policía Local de Cangas de Onís debería velar y ejercer el control sobre la venta ambulante -¿legalidad?, ¿salubridad?- desplegada por las inmediaciones de la fiesta de El Merediz, exigiendo responsabilidades pecuniarias a los propietarios de los praos, que los suelen «explotar» -acampada, estacionamiento de vehículos, barras provisionales para la venta de bebidas, etcétera?- en esas fechas puntuales. «Quien ensucia la paga», ése debería ser el lema a difundir, sobremanera para los que se limitan a hacer negocio a costa de la macrofiesta discotequera. Y, encima, sin hacer nada por recoger los residuos con prontitud.