EUGENIO SUÁREZ
Considero normal que viviendo sobre una playa con la que el mar Cantábrico parece especialmente enojado me preocupe por cuanto en ella suceda. Ha sido vapuleada durante los últimos meses hasta desventrar parte de la zapata y crear un bache de grandes dimensiones, hacia la mitad del bello paseo Marítimo. No sé si con cargo al «plan eñe» o por los propios recursos municipales o de la competencia de Costas, pero la avería ha sido ya remediada.
Hasta allí me acerqué, observando cómo pasaban la rasilla sobre el cemento una vez rellenado el hueco. Me dirigí, con el respeto debido, a quien parecía ser el capataz o responsable, preguntándole si aquel remiendo podría considerarse permanente o si serían restauradas las losetas que embellecen este malecón privilegiado. Con la cortesía que es usual en esta tierra me transmitió su opinión de que aquello era un parche transitorio y que, en el futuro, se repondrían las baldosas. Como saben quienes hayan tenido la ocasión de pasear por allí, forman un curioso dibujo que da la impresión de que la superficie está ondulada. Pregunté a mi interlocutor si sabía de dónde procedían y quién había sido el autor de la idea. No lo sabía y me permití informarle pues, por casualidad, yo sí estaba enterado, aunque he comprobado que la mayoría comparte la ignorancia del encargado. Él confiaba en que, pasada la pausa veraniega, encargaran las losetas a la fábrica y se restableciera la estética. Yo también lo espero.
Durante un tiempo residí esporádicamente en un lugar de la Costa Brava de Gerona, en Santa Cristina de Aro, que disfruta de una avenida marítima muy parecida a esta de Salinas. Con un pavimento igual. Allí supe que el curioso y efectista dibujo lo había hecho Joan Miró, además de gran pintor habilidoso ceramista. Le conocí, pues asistía a la misa dominical en una ermita palmesana de las afueras, donde yo tenía una casa y había sido costumbre suya tomar allí un café, después de la ceremonia religiosa, hábito que quise respetar hospitalariamente. Hombre de pocas palabras, la primera impresión que daba es que era tonto, pero conocido con mayor profundidad estuve convencido de que él creía que los tontos eran los demás. Sin negar su bien ganada fama artística, a veces costaba pensar que hubiera quien encargase unos platos con unas curvas violetas y unos redondeles carmesí sobre fondo caramelo. Pues se los quitaban de las manos. Esperemos que las afortunadas baldosas aparezcan pronto para conservar la belleza de nuestro paseo.