ESTEBAN GRECIET
Más de 1.500 ancianos esperan plaza en las residencias públicas del Principado, que son escasas, aparte de las solicitudes para las privadas, que no están al alcance de cualquiera. La mayor esperanza de vida, el nuevo concepto de familia y los condicionamientos del trabajo no siempre hacen posible la asistencia a los mayores en casa, mientras que la ley de Dependencia se ha demostrado poco eficaz. Además, ¿quién cuida a los cuidadores?
Aunque afloren, como ya lo hacen, otros modelos, las residencias son indispensables porque constituyen una solución aceptable y, en ocasiones, un mal menor. Digo esto porque el residente ha de salir de su hogar, integrándose en una comunidad ajena en un momento de decadencia personal. La residencia, sobre todo cuando es numerosa, exige limitaciones comprensibles, horarios fijos, disciplina, cambio de costumbres y de comidas, habitaciones con frecuencia compartidas, menos vida privada y menos libertad.
Como en todo, hay establecimientos de diferente calidad, por eso es necesario un mayor control oficial sobre el cumplimiento de la normativa y las prestaciones según las estipulaciones convenidas. Yo no estoy de acuerdo con una especie de infantilización que se suele hacer con la gente de edad. No es de recibo considerar que se trata de juguetes rotos que, salvo las limitaciones de salud, no sirven para nada.
En este sentido, es interesante la iniciativa del Imserso de estudiar un nuevo modelo europeo de alojamientos asistidos, unidades de convivencia y apartamentos con atención personal. En ellos, las personas disfrutarían de un ámbito de independencia que les permitirá mantener su vida privada, sus gustos, horarios y costumbres, con flexibilidad y calidad de vida, pero sin las características de un gueto.