ELENA SARRIÓN FERNÁNDEZ-DIESTRO
El verano era la época de las excursiones: sin escuela y algo de buen tiempo solíamos convencer a algún adulto de que nos acompañara para poder irnos a pasear algo más lejos de los límites habituales. Casi siempre era tía Carmita la que cedía a nuestras peticiones y nos llevaba a los tres hermanos de excursión, aunque no siempre lográbamos ir donde queríamos. Mi ruta favorita era la del camino viejo que llevaba hasta Besnes: algo tenía aquel camino que me hacía sentir como si nos adentráramos en un mundo misterioso y lleno de peligros. Me encantaba cuando lográbamos convencer a la tía Carmita para ir por allí: salíamos de casa, bajábamos por la cuesta que llevaba a la casa del cura y seguíamos adelante hasta llegar al pequeño camino que se abría a la izquierda, estrecho y pedregoso. Cómo me gustaba aquella sensación de estar pisando un territorio sin domesticar del todo, cuando pasábamos por algún sitio donde aún se notaban la tierra bajo los pies y las piedras irregulares. Si además había que limpiar el camino de maleza y hacer malabarismos para evitar las zarzas, la sensación de estar viviendo una aventura era casi completa. Había, claro está, otras rutas más fáciles y cómodas para llegar al camino viejo, pero aparte de ser algo más largas carecían del encanto de aquel atajo, sobre todo para mis ojos infantiles.
La mejor parte, en cualquier caso, empezaba al llegar al bosque. Allí el camino, también de tierra y piedra, se hacía más ancho y regular, casi tan llano como el de los caminos normales, y el toque medio mágico lo daban las ramas de los árboles, el murmullo cercano del río y las historias que Amparo, la mayor de los hermanos, solía inventarse para amenizar el paseo. Aún me vienen a la mente algunas de las imágenes de aquellos cuentos que rara vez terminaba, pero no importaba: aquella era mi parte favorita, aquel momento lleno de magia y encanto, y no el desenlace de la historia o el destino de la excursión. Es precisamente ése el recuerdo del camino viejo que prevalece sobre todos los demás: el sol entrando entre las ramas de los árboles, la sombra fresca del bosque, la humedad del agua cercana, el caminar sin prisa y sin importar mucho llegar o no, y la imaginación dejándose llevar por el ambiente y las aventuras que mi hermana inventaba para nosotros. Y es esa imagen siempre la primera que llega al recordar el bosque.
Después crecimos, claro, y pudimos hacer las excursiones solos, pero nunca fue igual. Empezó a ser más importante, casi sin darnos cuenta, el llegar a algún sitio (a bañarnos al río, a merendar en la tahona cuando la inauguraron, o llegar por llegar, sencillamente), y las conversaciones sobre temas variados dejaron en el olvido los cuentos infantiles. Algunos días, incluso, cansados de caminar y sin ganas de hacer el camino de vuelta, regresábamos por la carretera con la esperanza de que algún coche conocido nos viera, nos recogiera y nos ahorrara la caminata. Qué distintas eran aquellas excursiones a las que hacíamos de pequeños, y qué diferente parecía el camino aunque fuéramos nosotros, en realidad, los que más habíamos cambiado. Por eso, a veces me pregunto, cuando camino sin rumbo por las calles disfrutando del sol, de la calma y de un tiempo que todavía a veces me parece infinito, si crecer será eso: dejar a un lado los cuentos que inventábamos, fijarse metas y un punto de destino, y centrar todas tus energías en alcanzarlos olvidando, quizá, que el viaje en sí mismo ya es una aventura.