JOSÉ LUIS MARTÍNEZ
SACERDOTE JUBILADO
Esta afirmación rotunda de Jesús vuelve a abrir la lectura de hoy, que enlaza con las anteriores. Estamos en pleno discurso sobre el pan de vida, tema que abarca tres domingos consecutivos, según el capítulo sexto del cuarto evangelio de Juan: «El pan que yo daré es mi cuerpo. Lo daré por la vida del mundo. Si no coméis mi cuerpo y no bebéis mi sangre, no tendréis vida en vosotros. Mi cuerpo es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida».
Jesús, a lo largo de su discurso, cambia los términos pan y vino, por su carne y por su sangre, que recuerdan a los animales que se sacrificaban en el templo y que otorgaban la remisión de los pecados.
El libro de los proverbios, que constituye una especie de normas de comportamiento sobre la vida concreta, nos habla de un banquete preparado por la Sabiduría, en el que no falta el pan ni el vino. Jesús nos prepara también un banquete, que es su misma persona, simbolizada en la carne y en la sangre.
Los términos carne y sangre recuerdan y aluden a la eucaristía. La aparente crudeza del lenguaje de Jesús, comer su carne, beber su sangre, llena de estupor y asombro a los oyentes, que exclaman: «¿Cómo puede éste darnos a comer su cuerpo y beber su sangre?». Jesús no rectifica, ni cambia las palabras, ni corrige los conceptos, sino que insiste en la afirmación inicial: «Os aseguro que si no coméis el cuerpo del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida».
La eucaristía hace presente a Jesús en medio de nosotros. Es el acto sacramental más importante de nuestras celebraciones, es expresión y fuente de la caridad, sostiene y alimenta toda la vida de la comunidad creyente. Es el símbolo de los nuevos tiempos, de la nueva alianza, sellada con la sangre de Jesús. Por eso comulgar es comprometerse con la tarea de Jesús, que no dejó marchar a aquella multitud hambrienta, que le seguía a todas partes.
El Papa Juan Pablo II nos dice que «la eucaristía es tensión hacia la meta. Quien se alimenta de Cristo en la eucaristía no tiene que esperar al más allá para recibir la vida eterna; la tiene ya en la tierra como primicia de la plenitud futura, que abarcará al hombre en su totalidad».
El sínodo sobre la eucaristía celebrado en 2005 nos recuerda que «en ella se desvela plenamente el misterio del amor de Dios por la humanidad y se cumple su designio de salvación marcado por una gratuidad absoluta, que responde sólo a sus promesas, cumplidas más allá de toda medida».
En un mundo de desigualdades y egoísmos, la eucaristía debe ayudarnos a potenciar la igualdad y la fraternidad entre todos nosotros.