ESTEBAN GRECIET
Cuando nos queda la ciudad tan sola, somos como más dueños de las calles vacías y de la placidez de su silencio. Es como una ley física: tendemos a ocupar lo que se desocupa. Y si, orteguianamente, damos por sentado que nuestro yo es también su circunstancia, concluiremos que no sólo queda un espacio vacío cuando un amigo se va, sino también cuando se marchan los conciudadanos.
Es verdad que el casco histórico de la ciudad en que uno vive ha sido ya tomado por turistas, bien identificados por su atuendo, sus mapas en la mano y su despiste. Su presencia es benéfica, no se puede negar. Diría más: haría falta nutrir el verano de otros alicientes, acordes con lo que es la capital, centro de una región tan llena de atractivos.
Salvado esto, a los que aquí quedamos de veraneo obligado se nos permite, digo, disfrutar del territorio urbano y el lujo de sus parques. Y todo nos parece ahora más amplio para flanear sin rumbo, sin medir el tiempo, descubriendo tal vez rincones ignorados, aspectos de interés y hasta plazas insospechadas para aparcar los automóviles porque el resto del año es como si estuvieran muy pegados al suelo desde la misma creación del mundo.
Y uno se pregunta por qué el espíritu se expande y el ánimo se estira cuando hay menos barullo y menos ruido. Ciertamente, va en gustos y podemos estar ante una apreciación muy subjetiva fruto del tiempo que uno lleva sobre la piel del mundo. Pero también yo creo que hay una especie de ley de la gravitación personal según la cual para que haya equilibrio y menos crispación ha de haber también sitio suficiente para cada órbita y distancia adecuada entre los cuerpos.
En fin, filosofía barata de verano. Mañana volveremos a la realidad.