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Asturias, 1934

n Justificación y consecuencias del movimiento revolucionario

 
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Asturias, 1934
Asturias, 1934  

MANUEL LOMBARDERO ESCRITOR La publicación por parte de este periódico de un interesante coleccionable sobre la Revolución asturiana del año 1934 y, especialmente, alguno de los comentarios que esa publicación ha suscitado, han despertado en mí viejos recuerdos, pues yo viví intensamente aquellos sucesos cuando me faltaban dos meses para cumplir 10 años.

Mi casa estaba situada en la travesía de los Económicos, entre la cárcel y el cuartel de la Guardia Civil; territorio que desde el primer día estuvo bajo el control de los revolucionarios. No había entre éstos ningún minero, sí muchos ferroviarios y albañiles, todos vecinos de la barriada y de otras cercanas, especialmente de Pumarín. Tampoco hubo violencia alguna porque el barrio entero comulgaba con los principios que llevaron a aquellos ilusionados obreros a jugarse la vida en defensa de la República, amenazada de muerte -eso decían desde la UGT y desde el Partido Socialista- por la Confederación de Derechas Autónomas, que -parece necesario decirlo- había sido el partido político más votado en las últimas elecciones.

La tal confederación, conocida popularmente como la CEDA estaba capitaneada por el señor Gil Robles, a quien se le achacaba marcada simpatía por los regímenes fascistas que con aparente beneficio para sus ciudadanos imperaban en Italia y Alemania. Pero el pueblo asturiano -me refiero a la clase trabajadora, en medio de la cual yo me movía y hasta creo que, a pesar de mi corta edad se puede decir que pertenecía- era conocedor de lo que esos regímenes podían representar para el obrero: absoluta pérdida de libertad y sometimiento ideológico con amenaza de cárcel, incluso de exterminio si alguno se apartaba de sus planteamientos doctrinales. Como ejemplo del temor que la posible llegada del fascismo suscitaba entre los trabajadores, citaré una canción que por entonces oí en Mieres:

«En España se está organizando

el fascismo criminal,

y a todos nosotros, como en Alemania,

nos van a abrasar».

Pero creo que me he dejado llevar por la pluma y que hablo -escribo quiero decir- demasiado y además sobre cosas archisabidas. Aunque lo ya escrito me va a servir para reiterar mi admiración por los revolucionarios del treinta y cuatro, y mi condena a la propia revolución, instigada sin la mínima prevención por quienes, en aquel entonces, dirigían la UGT y el PSOE y quienes, cosa peregrina, decidieron que si el partido más votado en las elecciones entraba a formar parte del Gobierno, declararían una huelga revolucionaria, para la que, de forma insensata, habían estado enardeciendo a sus afiliados y simpatizantes, con dedicación especialísima a los mineros asturianos que, es de justicia reconocerlo, respondieron con bravura y se jugaron la vida creyendo que serían secundados por los ugetistas y socialistas del resto de España, a los que apenas sí se había invitado... iba a escribir « a la fiesta» pero sería cometer una barbaridad porque aquella revolución sembró las cuencas mineras -y todo el centro de Asturias- de huérfanos y viudas; sin que olvidemos a los cientos y cientos de trabajadores que fueron víctimas de la cruel represión que siguió a la contienda. Yo mismo, en las Navidades de aquel año treinta y cuatro, visité a un hermano de mi madre, preso en la cárcel instalada en el colegio de los Hermanos de la Doctrina Cristiana -quienes de ninguna manera participaron en aquel crimen horrendo- y a la que los mierenses dieron en llamar «el Hachu», tal vez inspirándose en el nombre de un célebre y tétrico penal que había en Ceuta. Lo visité yo -digo- porque las autoridades quisieron que en tales días los presos pudieran ser visitados por sus más directos familiares -un solo familiar por preso- y que los visitantes fueran sólo los hijos pequeños que, naturalmente, no supieran dar mucha información sobre el estado del padre al que visitaban; sólo, pienso yo, comprobar que estaban vivos y que hablaban. Los hijos de mi tío tenían entonces de 1 a 4 años, mientras que yo acababa de cumplir 10, así que se decidió que entrara yo fingiendo ser hijo del preso, a quien vi postrado en una colchoneta tendida en el suelo, cubierto hasta la barbilla, los brazos ocultos bajo la manta -así permanecían los otros cinco que le acompañaban en lo que sin duda era una pequeña aula del colegio- bajo la permanente vigilancia de un guardia armado con fusil que, sentado junto a la ventana, oía todo lo que el preso y el visitante podían decirse. Tal vez convenga añadir que el delito cometido por mi tío era el de ser el corresponsal del diario socialista «Avance» en la cuenca del Caudal, y ya entrando en detalles dejar constancia que las secuelas de las palizas recibidas en «el Hachu» tardaron casi un año en desaparecer; afortunadamente los periódicos que le obligaron a comer no le ocasionaron trastornos estomacales.

Otra vez ¡vaya por Dios! me he ido por los cerros de Úbeda. De lo que yo quería hablar, y voy a hablar ahora, es de las conclusiones a las que han llegado Santiago Carrillo y Octavio Cabezas respecto a aquella revolución, publicadas en este periódico el día 22 del último mayo.

Para don Santiago -que no necesita presentación alguna- el resultado de la Revolución asturiana del año treinta y cuatro debe entenderse como claramente positivo «porque fue un ejemplo para la resistencia contra los fascismos». ¡Menudo ejemplo! Dieciocho meses más tarde el fascismo, con Francisco Franco a la cabeza, se apoderaba de España. ¿No habría sido mejor, pienso yo, que se hubiera dejado gobernar a la CEDA, que ésta implantara un régimen totalitario que nos hubiera metido en la II Guerra Mundial al lado de Hitler y que, como recompensa, hubiéramos gozado de los beneficios del «plan Marshall»? En esa hipotética suposición los españoles habríamos evitado la guerra civil y treinta y nueve años de dictadura franquista. ¡Que no fue moco de pavo!

Para Octavio Cabezas -hijo del escritor y periodista Juan Antonio Cabezas, biógrafo de Clarín y destacado intelectual asturiano en la década de los treinta del pasado siglo- la Revolución de Octubre del treinta y cuatro no sólo «fue un movimiento positivo que enardeció a la izquierda de este país», sino que «valió la pena, porque la reivindicación de la amnistía de los 40.000 presos le sirvió a Prieto para ganar las elecciones de febrero de 1936». ¡Triste paradoja! Porque, dejando a un lado el dato de que al inicio del año treinta y seis no había en las cárceles, ni mucho menos, cuarenta mil presos como consecuencia de los hechos revolucionarios del treinta y cuatro, lo que sí había era más de mil doscientos cadáveres pudriéndose en los cementerios.

¿Vale la pena -me pregunto, empleando las mismas palabras que Cabezas- sacrificar tantas vidas para ganar unas elecciones? ¿Se puede justificar, vistas las cosas una vez que han transcurrido setenta y cinco años, aquel movimiento revolucionario? Mi respuesta es claramente negativa. El lector puede opinar, si así lo estima, de diferente forma.

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