CARMEN DE ZULUETA
ESCRITORA
Hay una vieja canción española que siempre me alegra:
«A la mar fui por naranjas, cosa que la mar no tiene.
Metí la mano en el agua, la esperanza me mantiene»
La imagen que sugiere este poemita la veo como una imagen de Dalí. Un agua transparente, una mano estilizada, de dedos largos, metida en esa agua.
¿Qué pensaba el autor o los autores de esa copla? ¿Estaban a la orilla del mar, como estoy yo? Tengo una casa de veraneo en una aldea que ni llega a ser aldea en la denominación geográfica de este país. Es un «hamlet», un caserío de pocas casas y de pocos habitantes, la mayoría personas de edad, jubilados, y algunos jóvenes descendientes de esas familias.
Las casas, como la mía, están construidas de madera, que es mucho más abundante que la piedra por estas latitudes. Muchas están pintadas de blanco; otras, como la mía, son de madera natural, cedro, tratada para que las lluvias frecuentes no la pudran. La situación de la mía es al borde del agua, no del mar, sino de una bahía: Moriches bay, que se formó cuando un huracán abrió una entrada a lo que era una gran laguna. Ahora entra el agua del mar, salada, y la bahía es un lugar predilecto de barcos pequeños de vela y hasta se celebran regatas, con velas de diferentes colores en pequeños barcos que compiten en las aguas de Moriches bay.
Mi casa data de 1966; es, de acuerdo a la juventud de otras casas vecinas, bastante antigua, aunque nuestra aldea lo es también. El nombre de Remsenburg se debe a un doctor Remsen que construyó con su dinero una iglesia protestante de ladrillo. El caserío se llamó originalmente Speonk shores, orillas del río Speonk, nombre que los indios dieron a un arroyo que desemboca en la bahía, pero los habitantes le cambiaron el nombre y le dieron uno más elegante: Remsenburg.
Este poblado no tiene alcalde. Está gobernado por una junta de vecinos que elige su presidente anualmente y los vocales que le ayudan a dictar las leyes que nos gobiernan. Una de ellas es que no puede haber edificios comerciales. Éstos, pequeños y antiguos, son apenas lugares donde se puede comprar comida, el periódico y muy poco más. Los dos edificios que existen son el correo (Post Office) y la escuela primaria.
La vida es tranquila en este lugar, paseamos por los caminitos que no tienen acera, por los que el tráfico es muy ligero y lento (30 millas por hora), y muy cortés, y vamos al correo, punto de reunión social de los habitantes, a recoger con nuestra llave las cartas que puedan haber llegado a nuestra caja postal.
No meto la mano en el agua, como dice la copla, pero, anciana y con algún achaque, siento que Remsenburg me da una esperanza de vida tranquila y sosegada, al lado de mi bahía, viendo los barcos que navegan sin destino, las velas blancas o de color que me llevan a recuerdos infantiles de playas veraniegas de mi vieja España.