ESTEBAN GRECIET
La Iglesia asturiana lleva muchos meses sin pastor titular, lo que no es deseable en estos tiempos recios, con la ofensiva gubernamental a cuestas y en una región de muy especiales características que necesita pronto un prelado con agallas. No hablaría yo de desgobierno, como se ha dicho, ni, en sentido estricto, de vacío de poder. La supuesta tardanza tiene que ver con la marcha del nuncio Monteiro y con las combinaciones necesarias en el complicado tablero de los nombramientos pendientes.
La diócesis está en situación de sede vacante, con una serie de limitaciones canónicamente establecidas, pero también con un administrador apostólico en la persona del valioso obispo auxiliar don Raúl Berzosa, quien conoce bien hasta dónde llegan sus atribuciones que, por lo que sé, cumple con prudente diligencia.
Supongo que no tardaremos en conocer el nombre del nuevo arzobispo de Oviedo. Monseñor Blázquez, obispo de Bilbao, me parece más propio para ocupar Valladolid, por su carácter y su origen. No siempre el más intelectual es el más idóneo. Suenan también para Oviedo, entre otros, don Luis Quinteiro, obispo de Orense, teólogo y políglota, además de don Santiago García Aracil, obispo de Mérida-Badajoz, más pastoral, ligado al CEU y con experiencia.
También, el franciscano (con toda la barba) monseñor Jesús Sanz, 53 años, de vocación tardía, que fue empleado de banca, profesor, párroco, articulista y autor de libros, y que rige lo que suponen dos diócesis, Jaca y Huesca. Infatigable buen gestor, de excelente talante y tan componedor que recientemente ha sido designado por la Santa Sede para suceder, con buen pie, al emérito don Fernando Sebastián en el complicado caso Lumen Dei. Por éste me inclino.