CARLOS ROCES
En 1980 se celebró el IV Congreso Europeo de Escuelas Libres y Autónomas, en el Palacio de Congresos de Montjuit, de Barcelona, con asistencia de personalidades de países de Europa y observadores de países americanos.
Uno de los temas a debate era el titulado «El niño, ante la sociedad en cambio». Envié una comunicación con el título de este artículo. Fue una sorpresa que me invitasen a intervenir personalmente, entre representantes de la UNESCO, ministros y directores generales de Enseñanza y Educación, catedráticos y promotores de entes educativos libres.
Hace 29 años, el niño era víctima o protagonista de aquel cambio social. Los niños de entonces son ahora maduros.
La representante del Gobierno de Suecia planteaba el problema de la delincuencia juvenil en las escuelas, de difícil solución, debido a la zonificación. Al socializar la enseñanza, no había opciones: cada alumno tenía que ir al centro más próximo, de donde no podía marcharse ni ser expulsado. Los padres y profesores estaban indefensos ante esa socialización brutal de la educación. El Gobierno, como única «solución», decidió pagar a los profesores un plus de peligrosidad en el puesto de trabajo. Estaba presente un representante de padres suecos que habían decidido crear escuelas libres y autónomas, distintas a las estatales, pues querían reivindicar su derecho a elegir libremente la educación de sus hijos, sin imposiciones estatales. Nos sorprendió el planteamiento.
Hoy en España, los niños, en esta sociedad en continuo cambio, ¿son los protagonistas, como sujetos activos, o son las víctimas, como objetos de la educación? Por sus frutos los conoceréis. Según las estadísticas, los niños son unos números con unos baremos, sometidos a una zonificación y a una lluvia de propaganda. No son personas libres. No les está permitido autorregular su proceso educativo; la etapa de aprendizaje que debe llevarles al perfeccionamiento de sus facultades y cultivo de sus virtudes. Como en otras naciones, son los vicios y la corrupción el caldo de cultivo donde se desarrolla la etapa juvenil. Con unos medios de difusión donde campea la impudicia, el erotismo, la pornografía y los ídolos deshonestos como ejemplos a imitar.
Lógico resultado es esta juventud del botellón, sin ideales elevados. Estas niñas que «salen» los largos fines de semana y regresan de día. Esos muchachos con síndrome de Rambo, que se consideran obligados a destrozar el mobiliario urbano para demostrar su hombría.
Todos somos responsables de ese proceso de corrupción. Tanto los abuelos como los padres, como los políticos, como los que, en nombre de la cultura, difunden lo que debería estar oculto y silencian lo que es digno de ser destacado; que presentan como paradigma a imitar a individuos de vida escandalosa.
Se critica a esta juventud actual su pérdida de valores, pero son unos jóvenes irresponsables, en el doble sentido. Hijos de padres inconscientes de su responsabilidad y producto de una política social cada día más irresponsable, donde se financian y promueven festivales juveniles que incitan a toda clase de vicios.
No nos lamentemos. Cambiemos todos.