CELSA DÍAZ ALONSO
¿Pero España es así y ha de ser siempre así? ¿Es en ella mentira la verdad, farsa la justicia, y únicos resortes el favor y el cohecho?
(Benito Pérez Galdós. Episodios Nacionales)
Hay que ver. Mira por dónde, resulta que la culpa de los problemas económicos que impiden a nuestro paraíso astur salir de la insidiosa crisis es de las personas que curan nuestras enfermedades. ¡Quién lo iba a decir!
-Supongo que en breve vuestros representantes políticos caerán en la cuenta de que tampoco son inocentes los que enseñan en las aulas, los que resuelven los problemas administrativos y burocráticos etcétera, y así lo harán saber a todo el que quiera oírlo.
Empezaba a escribir el artículo semanal bajo el implacable sol agosteño y Elvira, ociosa y acalorada, no tenía otra cosa que hacer más que participar en su elaboración. Esperaba que, dada la aplastante canícula, se arredrara pronto y no se pusiera demasiado insidiosa.
-Sí, querida. Así lo dicen nuestras autoridades patrias. Parece ser que cobran mucho, muchísimo, tanto que arruinan las arcas regionales llevándonos a la quiebra, y realizan tan mal su trabajo que nuestros sacrificados gestores tienen que poner los puntos sobre las íes, indicando hasta dónde se puede llegar recetando remedios.
-Ya, ya? ¿Y nada tendrán que ver las obras faraónicas cuya utilidad pública se discute desde todos los ámbitos y con las que quedaréis endeudados hasta el 2050, y esto no es una exageración de las tuyas?
-¿¿¿Quéee???
Ni caso. Estaba embalada.
-¿No tendrán la menor importancia los gigantescos chiringuitos creados para mayor gloria de políticos megalómanos? ¿O los cientos de menor tamaño, que sirven para dar cabida a amigos, familiares y leales al régimen?
-Hombre, claro?
-¿Tampoco merman las arcas públicas la ingente cantidad de altos cargos de confianza, asesores y demás fauna asignada a dedo, cuyos sueldos no son precisamente discretos y sobre los que se mantiene un vergonzante silencio cuando vosotros, sus patronos, dado que les pagáis, pedís explicaciones?
-Pues sí? Pero déjame decir algo a mí.
Nada, cómo si oyera llover. Tan exaltada estaba que, poniéndose cada vez más colorada, le salían chispas por los ojos y las plumas se le erizaban como escarpias.
-¿Y todas esas estúpidas obras que sólo sirven para dar lustre cambiando aceras cada dos por tres, poniendo adornos aquí y allá, en las que se gastan cientos de miles de euros y cuyo objetivo es comprar unos votos que a estas alturas ya no convencen ni al más tonto? ¿O no?
No supe qué responder.
-¿Y qué me dices de sus escandalosos sueldos, que unos y otros complementan con unas dietas por aquí y unas comisioncillas por allá? Y cuando fracasan estrepitosamente en su gestión, como es el caso que nos ocupa, una vez pillados in fraganti, echan balones fuera y dirigen sus iras hacia colectivos a los que resulta rentable culpabilizar.
-¡Basta ya! -grité a todo lo que me dio la garganta-. ¡Me estás pisando el artículo, y eso no te lo consiento!
Elvira meneó la cabeza y salió de su éxtasis de cabreo mayúsculo. Me miró con displicencia y superioridad.
-¡Bah, humanos! Al fin y al cabo qué me importan a mí vuestros problemas. Allá os las arregléis.
Y se marchó dejándome con un palmo de narices.