ESTEBAN GRECIET
Si la cara es el espejo del alma, como reza un refrán de reconocida solvencia, el trasplantado de Valencia puede sufrir una crisis de identidad. El cirujano asegura que el receptor no se parecerá al donante, ni en lo físico, ni en la personalidad, pero yo no me lo creo del todo porque, vamos a ver, ¿no dicen que uno es siempre responsable de su propia cara? El tiempo va labrando la expresión al compás de la propia biografía.
Pero con los tejidos de ese joven donante, del que han dejado solamente la carcasa (le han sacado también el hígado, los pulmones, los riñones, el corazón?), se habrá transferido la huella de 35 años de vida, dolores y gozos, rictus y sonrisas, que de algún modo han de ser acomodados al chasis óseo del receptor.
Parece de novela de Harry Stephen Keeller. Estamos en los albores de la ciencia y tiempo llegará en el que los seres humanos podrán elegir su propia cara en una especie de supermercado. De momento, es una buena oportunidad para delincuentes.
¿Qué pasará cuando el receptor de Valencia se vea por primera vez ante el espejo? Dicen que precisará apoyo psicológico y quedará unido a los cuidados de su cirujano mientras viva.
La cara es el espejo del alma, sí, mas transponiendo términos, hemos de admitir igualmente lo contrario. Lo tomas o lo dejas porque está escrito: arrojar la cara importa, que el espejo no hay por qué.
Aún aceptando que el trasplante es un acontecimiento tan venturoso como prometedor, si el receptor no se va a parecer al donante, como dice el doctor, es seguro que tampoco se parecerá a sí mismo.