GERARDO LOMBARDERO
En el paseo marítimo de Torrevieja existe una estatua de «La bella Lola» que apoyada sobre unos de sus codos mira hacia la caleta que tiene frente a sí, a la espera silenciosa y paciente de su amado que regresará por mar. Es un silencio esperanzado el que nos transmite la estatua de bronce, la fidelidad a pesar del tiempo transcurrido y la seguridad de que la certeza en el regreso no debe perderse jamás. Ahora, esta Lola tiene una hermana gemela en nuestra emblemática plaza del Fontán, por obra y gracia de un hermanamiento entre las dos ciudades que han acordado los respectivos alcaldes. La Lola ovetense, vetustiana ella, rodeada del tráfago diario de la vida mercantil más emblemática de nuestra capital, no se sabe muy bien qué puede esperar. Si los turistas estivales que pasarán frente a ella, fotografiándose incesantes al lado de su cuerpo sugerente o, por el contrario, medita la pena al comprender que su amante marino nunca la encontrará tierra adentro.
El banco en el que reposa, que no ha sido pensado para hospedar a tan ilustre huésped, impide por su escaso e inadecuado respaldo que «La bella Lola» pueda apoyar el codo en él, como sería lógico, y tiene que mantenerlo en alto perpetuamente, con el precario sustento de un apoyabrazos, en una postura inusual y forzada que desnaturaliza a la estatua y el escorzo que encarna. Postura que por su conformación broncínea jamás podrá cambiar y que si las estatuas tuvieran vida, aunque sólo fuese interior, le haría padecer los sufrimientos de una tortura en toda regla. Pienso que dentro de muy pocos días aparecerán en su níveo cuello -por así decirlo- los primeros síntomas de una tortícolis irreversible. A ésta le seguirán, si nadie lo remedia, una epicondilitis en el codo y más tarde aparecerá la artrosis lógica del hombro condenado a sujetar su extremidad izquierda.
Al contrario que su hermana gemela de Torrevieja, nuestra Lola ha sido un poco sacada de contexto, mientras que su homóloga descansa sobre un hermoso banco corrido, cuyo respaldo es de la altura exacta para hacerle más cómoda su amarga espera. La solución es muy fácil y barata: poner a nuestra «bella Lola» en un banco a su medida, como se merece tan ilustre y novedosa huésped, o elevar la columna que con placa de bronce nos informa de quién es y por qué esta ahí, dejando que pueda apoyar en ella su codo sobre la base sólida que habrá sido colocada a la altura conveniente. No verá atardeceres tan llenos de luz como los de su hermana de la caleta alicantina, no verá a las incansables gaviotas volver de su paseo por el horizonte marino que ella escruta -¿o sí?-, pero sí verá, y lo que es mejor desde una postura más cómoda y sin la tortura a la que aludía, las palomas que en Vetusta, Pilares u Orbayo como quieran llamarla picotearán en derredor suyo ávidas y voraces como siempre, mientras algún pichón atrevido dejará con toda seguridad la huella de su paso, al teñir de blanco su cabello y su moño aún negros por el momento. Esta noche he soñado que se levantaba y paseaba por las calles oscuras y tranquilas eludiendo así por un tiempo su martirio.