La ley de la oferta y la demanda no sirve para fijar los precios en la mar en tiempos de crisis. Nunca hubo tan pocos peces y, en cambio, su cotización anda por los suelos. Es un rejón de muerte para el sector. Ya no se trata de capear el progresivo declinar de las capturas sino de que la pesca para muchos armadores resulta ahora mismo ruinosa. Un kilo de merluza se pagaba en la rula, en 2006, a 5,88 euros. El pasado junio, a 3,37 euros. En cuatro años, ha perdido el 42,7% de su valor o, lo que es lo mismo, los pescadores asturianos han visto reducidos a casi la mitad sus ingresos por el pez con el que obtienen la mayor parte de sus ganancias. Por contra, los costes sociales y el combustible no han hecho más que aumentar.
Un problema trae otro problema. Algunos barcos asturianos que faenan en aguas comunitarias han decidido este año ir a subastar sus capturas de merluza a Burela, en Lugo, donde los compradores pagan mejor. Ese éxodo es un lastre para la flamante lonja de Avilés, la gran esperanza asturiana para dinamizar el sector, recién inaugurada y entre las más modernas de España. La lonja no acaba de despegar. Primero, con las obras completamente acabadas, pasó dos años y medio cerrada por disputas políticas y profesionales sobre quién y cómo debía gestionarla. Ahora un grupo significativo de barcos se le van.
No hay costera que se haya logrado. La anchoa sigue vedada, la angula entra en vías de extinción. Ni los más viejos del lugar recuerdan una temporada tan menguada de sardinas y bocartes. El bonito se fue muy rápido en busca de alimento a aguas del Norte, cerca de Irlanda, donde apenas algún barco de la región acude a pescarlo. La preocupación por este deterioro no es exclusiva de los pescadores profesionales. La comparten los aficionados a la náutica deportiva, sufridores igualmente de la escasez. A unos y otros les une también la queja por el aumento del número de furtivos y la impunidad con la que actúan.
Sobre el origen de las dos crisis que han hecho sonar todas las sirenas de alarma en la mar hay muchas conjeturas pero ninguna certeza. Según el color del cristal con que se mire, hay quien incide en una causa o en otra.
Unos achacan el derrumbe de rentas a la acuicultura y las importaciones masivas. Hay doradas y lubinas de granja que se venden por un euro y pescados de Sudáfrica o Sudamérica llegan todos los días en aviones especiales al aeropuerto de Vitoria, listos para dispensar al público, casi recién pescados y a bajo coste. Otros responsabilizan a los intermediarios, que logran mantener sus márgenes de beneficio en medio de la actual recesión económica a costa de apretar a los pescadores. Sólo el 20% del precio de un pez se lo lleva directamente quien lo pesca. El resto, del muelle a la pescadería, se lo reparten otras manos.
Respecto a la escasez de pescado, los ecologistas ponen el acento en los efectos del cambio climático, que aunque sea argumento recurrente hay que empezar a tomar en serio. En cambio, los críticos con la Administración resaltan la ausencia de políticas pesqueras, de medidas de apoyo a la flota y de vigilancia y buena gestión de las vedas y los caladeros. Tampoco les falta razón. Aunque la pesquería vive tiempos de ocaso en toda España, hay comunidades, como las vecinas Galicia y Cantabria, en situación más favorable que la nuestra. Algo habrán hecho mejor. Asturias acumula, en los últimos diez años, cuatro directores generales de Pesca, es decir, ninguna estabilidad y poca capacidad para afianzar proyectos.
Pese a que las señales de alarma vienen de lejos, no hay estudios científicos serios que aclaren lo que está ocurriendo. Por ahí debería haberse comenzado hace tiempo. Los caladeros están sobreexplotados por la voraz pesca industrial, que arrasa indiscriminadamente con todas las especies y todos los tamaños, alevines y adultos. La UE tiene algo de culpa. Durante años subvencionó con cantidades millonarias la construcción de potentísimos barcos con mayor capacidad y dejó en el olvido a las flotas artesanales, como la asturiana, que son las más respetuosas con el ecosistema por sus artes selectivas. La multiplicación exponencial de la capacidad extractiva está a punto de agotar los recursos naturales. Los rectores comunitarios van a cambiar radicalmente ahora esa línea de actuación, lo que en medio del sombrío panorama de este año es un rayo de esperanza.
Los pescadores son los primeros concienciados de la necesidad de sacrificios. Asturias sí puede competir en calidad, en su única alternativa. No es ni por asomo igual una merluza pescada a anzuelo, como las de Cudillero, que otra traída desde Namibia. Esa diferencia tiene un precio, que hay que poner en valor ante los consumidores. Pero el sello de prestigio de nuestros pescados, fundamental para diferenciarlos en el mercado, no acaba de llegar, por más que los sucesivos responsables pesqueros lo hayan prometido.
La pesca da sus últimos coletazos, toca fondo. No puede morir por dejadez, por la pasividad con la que se están abordando sus males. Sobra resignación y falta voluntad política para salvarla. Asturias no sólo se juega una actividad económica. Hay detrás toda una cultura que la sustenta, la de las villas marineras. O nos ponemos manos a la faena o los pesqueros acabarán siendo como esas redes rotas o esos cuadros de nudos que se cuelgan para embellecer el salón: un decorado con el que ambientar los puertos.