FRANCISCO
GARCÍA PÉREZ
Hay una serie de televisión que va a convertir en un martirio las conversaciones cara a cara. Se titula «Lie to me», es decir, «Miénteme», aunque bien podrían traducirla por «Tú miénteme, pero te voy a pillar si lo haces y te vas a enterar». La protagoniza Tim Roth, muy propio en su papel de experto en cazar mentirosos fijándose en si los observados levantan una ceja, arrugan los labios, se rascan la nariz, tartamudean, apuntan con el dedo hacia un lado mientras hablan mirando al contrario? Su equipo lo completan una señora (a quien su marido engaña, pero ella no quiere verlo), una señorita «natural», o sea, que no ha estudiado comunicación no verbal, que la cosa de pillar mendaces le viene de cuna, y un jovenzano que siempre dice la verdad, supongo que por si acaso. Y allí van los cuatro a ayudar al FBI, a la CIA, a los marines o a particulares en apuros y con posibles, para detectar quién miente, para hacernos saber eso tan eterno de que la palabra ha sido dada al hombre para disfrazar su pensamiento, pero que los gestos involuntarios de rechazo, angustia, temor y otros movimientos del alma no hay humano que acierte a encubrirlos si los observan Tim Roth y su equipo «cazatroleros». En cuanto «Lie to me» se popularice y el personal aprenda sus trucos, adiós a esas primeras citas donde todo el mundo miente más que pestañea, adiós a contar que uno viene del bingo a las dos de la mañana, adiós a sostener que tú eres la mujer de mi vida o el hombre de mis sueños. Cuántas veces no oiremos al de la mesa de al lado en el café reprochando a su interlocutor: «¿Quieres hacerme creer que te gusta la comida italiana mientras frotas las uñas de tus meñiques? ¡Falso, embustero!». Las series de la tele acaban con todo.
Asturias, siempre a la vanguardia, no podía permanecer ajena al fenómeno «Lie to me». Estén ustedes atentos al episodio quinto («Unchained», o sea, «Desencadenado») cuando lo estrenen en España. La cosa va de un jefe pandillero que lleva años y años en prisión por asesino y mangante total. Pero el tipo afirma que ha visto la luz, que ahora es más bueno que el pan de hogaza, que está arrepentido que te cagas, que quiere, en definitiva, que le liberen para, una vez en la calle, dedicarse a hacer el bien, deshaciendo pandillas criminales a cuyos miembros les mostrará el camino recto de la verdad espiritual. El fulano parece sincero, pero, para evitar sorpresas, los polis llaman al equipo de Tim Roth con el fin de que descubran si es más falso que Judas y lo único que quiere es que le suelten para seguir armándola. Y aquí, en medio de una superproducción televisiva yanqui, aparece Asturias dando, de nuevo, una lección al mundo. Cuando Roth le pregunta al pandillero qué le ha hecho cambiar tanto, el hombre le responde que la lectura: «Leí todo lo que tenía a mano: los manuales de los guardianes, textos de economía, poesía española?» Y, de pronto, clavada la vista en Roth, le espeta la cita que para él ha sido clave en su transformación: «No hay grito de dolor que en lo futuro no tenga al fin un eco de alegría». Roth asiente un tanto despistado, pero el señor Trillo (lo lamento, el presunto malo se llama así) le ilustra sobre el autor del texto: «Ramón de Campoamor». En realidad dice «Gamón de Campoamog», pero no vamos a andarnos con bobadas ante un hecho histórico como es la pica que un asturiano ha puesto en las series de la Fox. Ahí lo tienen ustedes, señoras y señores. He ahí el fin de las terapias carcelarias psicoanalíticas, jungianas, conductistas, cognitivas, el fin de Ellis, Beck, Watzlawick, Pinker y el sursuncorda. Basta una lectura atenta del asturiano don Ramón de Campoamor para pasar de ser más malo que la tiña a convertirse en un ángel bonachón. Unos versos del «Canto III» de «Los grandes problemas», que forman parte de los «Pequeños poemas» del naviego, se llevan por delante a tanta pamplina psicopsiquiátrica. Es más, cuando, casi al final del episodio, se entrevistan Roth y Trillo, lleva éste en su mano el tomo morado de la colección Austral (¡en una jaula del patio de una cárcel USA!) con los poemas de Campoamor y, claro, no se priva de solmenarle al cada vez más confuso Roth que en este mundo traidor nada es verdad, ni mentira; todo es según el color del cristal con que se mira.
De ahora en adelante no quiero ni oír hablar de que la literatura no sirve para nada. Y no sé a qué espera nuestra Consejería de Cultura y Turismo para distraer unos euros y contratar a Tim Roth para un spot definitivo que atraerá turistas como si lo regalásemos: «Visite Asturias, visite la patria del redentor de presos peligrosos: Campoamor no miente».