ESTEBAN GRECIET
A muchos jóvenes de hoy ya no les sonará el nombre de Mario Conde, puesto como un ejemplo para las nuevas generaciones hace veinte años. Abogado del Estado, triunfante empresario, brillante banquero, doctor honoris causa por la Complutense, amigo del Rey, aspirante a liderar la derecha política y? condenado a varios años de cárcel por no sé qué manejos al frente de Banesto. Todo, antes de la cincuentena. Así pasa la gloria el mundo.
Circulaba entonces este chiste: Conde muere, va al Infierno, consigue la confianza de Satanás y organiza con éxito la productividad condenatoria y los servicios de calderas, por lo que es fichado por el Purgatorio, también con magníficos resultados. Reclamado al Cielo, tras una temporada, pasea con el Padre Eterno que comenta: «Está bien que hayas fusionado ángeles con arcángeles, que acabaras con las colas en la puerta y que metieras en cintura a San Pedro, ¡pero no veo por qué tengo Yo que ser tu vicepresidente!».
Conde, ya fuera de la cárcel, presentará el primer libro de una serie, titulado «Memorias de un preso», con el que quiere dar un mensaje positivo, y proyecta volver a la Universidad. Por sus declaraciones -«Volvería a hacer todo lo que hice»-, no parece que esté arrepentido de nada.
Eran tiempos del felipismo rampante en los que por las altas esferas de la política y la banca (Vera, Barrionuevo, Roldán, de la Rosa, Rubio, los Albertos?) había una delgada línea entre el pecado y la virtud, la excelencia y el delito. La derecha se ha librado de un ídolo con pies de barro, un triunfador inteligente que, en cambio, no tuvo la noción de límite y desperdició sus indudables talentos. Que su vuelta a la actualidad no sea una simple revancha, sino una aleccionadora experiencia vital.