ALEJANDRO ORTEA
La rigidez y la soberbia de los parapetados en las covachas muselinas ya es algo más que una incomodidad para el Gobierno de Asturias -y para el partido que lo sustenta-, para Puertos del Estado y hasta para el ministro José Blanco. A nadie sorprende ya que las voces que claman por la depuración de las responsabilidades por el sobrecoste suban de tono. No será porque no se advirtió: primero fueron los contratistas; y no se les hizo demasiado caso en aplicación de ese chascarrillo funcionarial que atribuye la etimología de contratista al «contra ti está».
Después, avisaron desde la parte municipal y se les pidió reserva y contención en aras de la buena marcha de la gobernabilidad regional. Poco después, proclamaron discretos avisos las partes económicas y sociales; pero su clamor se achacó a sus inveteradas y típicas voracidades. Ahora llega el resquemor del Ministerio -se supone que reflejo del existente en el ente regulador Puertos del Estado- y el clamor se ha convertido en cuestión política que algún avieso directivo del segundo nivel político del socialismo regional -no demasiado admirador de Álvarez Areces- ha aprovechado para agitar las rellenadas aguas portuarias.
Ya se atreven a contar esas lenguas interesadas que entran y salen de las covachas portuarias como Pedro por su casa que la ausencia de comunicación -más allá de lo meramente formal- entre el presidente portuario, Fernando Rexach, y el bidirector de obra y Puerto, José Luis Díaz Rato. Probablemente sobren los dos en aras de la buena marcha de las cosas. Quizás un mal entendido corporativismo ingenieril lleve al uno a sostener al otro. Y podría entenderse en la anterior situación política, con sendos camineros como Palao o Navas, en las responsabilidades de Transportes y Puertos, una cierta comprensión ante la poco lucida actuación de Díaz Rato o Rexach y que, incluso, sirvieran de muro de contención ante las incomodidades del matemático Areces o del jurisperito Buendía. La realidad, ahora, es otra y diferente: en el Ministerio manda Blanco y en Puertos del Estado el economista González Laxe, ambos menos susceptibles de comprender tan resignadamente el desbarajuste.
Si es verdad que Rexach «no se habla» con Rato, es que al primero no le gusta cómo lo hace el segundo y sólo caben dos posturas: el cese del segundo por parte del primero y, de no estar en condiciones de hacerlo, presentar el primero la dimisión. Si el Consejero tuviera políticamente lo que hay que tener, ya habría actuado. En la primera legislatura de Areces, lo hicieron su antecesor, Juan Secades, cargándose a un director de Transportes y el entonces consejero de Industria, Javier Fernández, con uno de Turismo. Y no pasó nada. A fuer de «sinflictivo», Buendía está preparando una de marca mayor. La lealtad, en ocasiones, exige decir a la superioridad cosas incómodas. Porque, como vemos, ya la tardanza en actuar ha subido el precio político de la solución al engorro.