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La última primavera de Jovellanos

n Sobre el reportaje de LA NUEVA ESPAÑA en el pazo de Santa Cruz de Rivadulla

 
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La última primavera de Jovellanos
La última primavera de Jovellanos  

LUIS ARIAS ARGÜELLES-MERES Qué momento aquel de la historia de España, allá en 1811, cercano a la Constitución de Cádiz, batiéndose este pueblo contra el invasor francés, cuando Jovellanos, en una más de las muchas vicisitudes en que se vio envuelta su vida, pasó en el pazo de Santa Cruz de Rivadulla su última primavera!

Enfermo, solo, con el recuerdo tan cercano de su destierro en Bellver, en su más que accidentado y peculiar regreso a su Ítaca, va a parar a tan soberbia finca gallega. Y, como siempre, escribe. Y, como siempre, endereza entuertos, en este caso defendiendo la actuación de la Junta Central de la que formó parte el ilustrado gijonés.

Tenía, como acabamos de decir, muy cerca su injusto destierro. Acaba de rechazar el ofrecimiento de José Bonaparte. Y buscaba curarse. Todo eso en aquella España en la que muchos, a resultas de la contumaz pedagogía frailuna, suspiraban por las cadenas y el absolutismo; en la que también muchos luchaban contra la invasión, y en la que no sé si los menos, pero, sin duda, los mejores, querían poner a España en la historia mediante aquella Constitución que nunca sería cumplida del todo, pero sí tremendamente traicionada.

Jovellanos, siempre Jovellanos. El hombre que con tanta repugnancia había vivido las artimañas, públicas y privadas, de aquel tan mal llamado «príncipe de la paz». El hombre que, tras ser víctima de una delación más que anunciada a poco que se conociese la historia de España, sufriría aquel confinamiento en Bellver, confinamiento en el que no abandonó su afán por el estudio y la reflexión. El hombre que eligió la soledad más digna. El hombre que quería dejar las cosas suyas y de su país, imposibles de desgajar en su caso, en su sitio.

Al margen del interés de su obra, tan irregular literariamente, al margen de la mayor o menor profundidad y originalidad de su pensamiento, nos encontramos ante un caso inequívoco en el que lo que más importa es la trayectoria vital, con su mejor correlato literario que son sus «Diarios». Y es que, en el caso de Jovellanos, la gloria, su gloria, es exponencialmente mayor en tanto se fue alejando del poder.

¿De qué gloria hablamos? La gloria de un hombre alejado de la España oficial de su tiempo, la gloria de un hombre que pretendía que el saber se incorporase a la sociedad de su país, la gloria de un hombre que, sin haber ido más allá de eso, consideraba, como dejó escrito, que España era mucho más que una dinastía e infinitamente más que la peripecia del rey de turno.

La historia y el destino han querido que este pazo tan importante en la última primavera de Jovellanos sea, a día de hoy, propiedad de uno de los personajes más enigmáticos de la última historia de España, del ex general Alfonso Armada.

No es éste el momento y el lugar para establecer genealogías. Baste con apuntar que hablamos de un apellido que no sólo tiene un protagonismo indudable en la aristocracia gallega, sino también en la asturiana. Pero, en todo caso, que sea el señor Armada el que nos abra, en tanto propietario del pazo, las puertas a este enclave tan relevante en la vida del último Jovellanos no deja de ser paradójico en grado sumo.

Se diría que, no queriendo hablar de sus recuerdos del 23-F, más allá de lo previsiblemente exculpatorio de sus palabras, incurre en esa ambigüedad gallega que tan maravillosamente nos describió doña Emilia Pardo Bazán en su novela «Los pazos de Ulloa», cuando, al preguntar el curita por la mayor o menor cercanía del pazo, recibió dos respuestas enigmáticas: estaba a un bocadito y también mediaba una distancia equivalente a la carrera de un can. ¡Toda una proeza hacer que las susodichas respuestas pudieran ser pasadas al sistema métrico decimal!

¡Qué historia la de algunos pazos gallegos! El que aquí nos trae nos remite a Jovellanos. Otro, aquel que fue de doña Emilia Pardo Bazán, es ahora propiedad de los descendientes del dictador Franco.

Armada declara que no leyó el último libro de Cercas. No diré que le alabo el gusto, a tanto no llego, aunque sí confieso que en modo alguno me desagrada que no todo sean alabanzas ante un texto que tiene el oficio de un profesor de Literatura, pero que, como indagación histórica, nada aporta, y como literatura no forma parte de los títulos imprescindibles que mejor reflejan un momento histórico concreto. A años luz se encuentra de los episodios galdosianos o de las novelas de Valle-Inclán sobre el reinado de Isabel II. Mal andamos cuando uno de los libros con mejores críticas no pasa de ser un reportaje periodístico correctamente redactado.

Armada, en el 23-F, es, además de otras cosas, el hombre que sabía demasiado y es también, si se recuerda su intervención en el juicio del que nunca olvidaré las crónicas de Martín Prieto, la ambigüedad gallega. Y, además de todo eso, el enigma aumenta a poco que se recuerde lo que se publicó en torno a las reuniones que mantuvo en vísperas del 23-F.

Pero, en todo caso, lo más asombroso e interesante del reportaje de LA NUEVA ESPAÑA es la fecunda soledad de Jovellanos que, allá por donde pasó, concertó y concitó citas con la historia de un país de nunca jamás, de «la posibilidad España».

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