PACO G. REDONDO
Apura sus últimas días en el Centro de Cultura Antiguo Instituto Jovellanos de Gijón la exposición sobre la evolución humana en el Paleolítico (edad de la piedra tallada), y los hallazgos producidos en los últimos años en el yacimiento burgalés de Atapuerca. Una visita recomendable para los interesados en nuestros orígenes y características, por su claridad y síntesis que combina, mediante paneles con explicaciones resumidas, restos arqueológicos y documentales, el rigor científico con la misión divulgadora.
Ha hecho fortuna la frase «El hombre desciende del mono», por su expresividad e impacto. Sin embargo, desde un punto de vista científico, la expresión es incorrecta. Evidentemente, el humano actual no desciende del mono actual, no somos, por seguir con la comparación familiar, hijos unos de otros; somos primos por cuanto lo cierto es que compartimos unos bisabuelos comunes, un tronco de antepasados del cual derivamos ramificaciones. En Atapuerca situaríamos a nuestros abuelos.
Ahí radica la importancia de los descubrimientos de Atapuerca, en la medida en que vienen a llenar algunos de los eslabones vacíos en la cadena de la evolución humana -el Homo Antecesor-, referido a la segunda parte del Paleolítico Inferior. Entre los enigmas pendientes, que escapan a este yacimiento y exposición, la desaparición del Neandertal en el Paleolítico Medio y el origen del Homo Sapiens en el Paleolítico Superior. Disponiendo de libertad de elegir, la genética nos condiciona, pero somos hijos de nuestras obras.
¿Dónde quedan Adán y Eva, Dios y el origen del alma? Mientras no se pueda demostrar la existencia o inexistencia de Dios o ente impulsor inicial del Big Bang, religión y ciencia no son incompatibles, aunque a nadie le haga gracia «descender» de un mono. ¿A partir de qué momento se puede hablar de inteligencia? ¿El alma es sólo producto material cerebral o tiene esencia propia espiritual? A pesar del progreso cultural reciente, la mayoría de las preguntas siguen abiertas. Entre tanto, vive la vida.