ESTEBAN GRECIET
La casualidad me ha dado ocasión de un breve encuentro con una mujer asturiana que desde hace 42 años vive en el Congo, es decir, en lo que pudiéramos llamar, con Joseph Conrad, el corazón de las tinieblas, por muy República Democrática que se rotule.
Me han bastado las cuatro pinceladas de su testimonio, y unas fotografías de sonrientes niños color chocolate, para considerar el brutal contraste entre el modo de vida occidental y el del vecino continente. Y, de paso, para poner en cuestión nuestro concepto de la felicidad, que glosábamos aquí mismo el otro día.
Hablo de una misionera claretiana que lleva algunos meses en España por un problema de salud, ya superado, y que cuenta los días para volver a su destino en África pues, como sentencia la Escritura, donde está tu tesoro, está tu corazón.
Allí hacen una comida al día, siempre la misma, viven muy lejos de la capital y carecen de casi todos los servicios que aquí consideramos imprescindibles, para cuya enumeración no bastaría este artículo. Fijémonos en uno: la sanidad, que entre nosotros está en el candelero.
El ejemplo lo encontramos en la religiosa misma que, con síntomas claros de una severa neumonía, tuvo que ser trasladada a 150 kilómetros por caminos imposibles, a la velocidad de 17 kilómetros por hora, para hacer una radiografía.
En el Congo están los principales yacimientos de coltán, indispensable en nuestros teléfonos móviles, para cuya insalubre extracción se explota a los niños porque ellos son los que caben por los estrechos agujeros donde se encuentra el mineral.
A mi juicio, sólo tenemos derecho a quejarnos por la selvática deriva de estos nuevos ricos que nos desgobiernan.