ANTONIO OCHOA
De niños, solíamos ir recolectando todos los cerezos de los alrededores sin que nos preocupara gran cosa de quién eran. A casi nadie le importaba que «robáramos» las cerezas, pues se consideraba que eran patrimonio general de la chiquillería. Sin embargo, había ciertas normas que los mayores trasmitían a los más pequeños. Estaba muy feo «escanar», es decir, romper las ramas para coger los frutos, porque la rama que rompías ese año no daba fruto el siguiente. Esta prohibición se enmarcaba en una filosofía de la vida en la que pensar en los que vendrían detrás de ti y respetar las cosas de todos era tan natural como respirar. La actitud de «el que venga detrás que arree» hubiera parecido incomprensible entonces.
Por desgracia, aquellas enseñanzas se fueron perdiendo con el paso del tiempo y, actualmente, esa filosofía de previsión de futuro y de respeto al bien común es la que resulta extraña. Las palabras «yo» y «ahora» ocupan el centro del universo, mientras que «nosotros» y «mañana» han quedado relegadas al olvido. Lo malo es que son estas últimas, precisamente, las que constituyen el cemento de una sociedad que, sin ellas, se debilita y se resquebraja ante cualquier golpe. Por eso, la actual crisis ha agravado las grietas que habían ido apareciendo en nuestra «sociedad del bienestar». En Asturias, parece ser que la zona con mayor peligro de derrumbe es, de momento, la sanidad. El Gobierno de don Vicente ha dicho que no le salen las cuentas y no ha dudado en señalar a los culpables.
Podríamos, quizá, pensar que eso es fácil. Podríamos, tal vez, razonar que basta con preguntarse quién negoció las trasferencias sanitarias y quién ha administrado los recursos desde entonces. Podríamos, incluso, extrañarnos de que, después de semejante confesión de incompetencia no haya habido toda una cadena de dimisiones. Aunque, para ser sinceros, eso sí que sería lo extraño. No es costumbre de nuestros dirigentes regionales dimitir por muy gorda que haya sido su metedura de pata. Por el contrario, lo normal es que, en cuanto empiezan a sonar rugidos, busquen una víctima a quien culpar y a quien arrojar a las fieras para correr a esconderse mientras la atacan. Las víctimas elegidas son, casi siempre, los trabajadores públicos del sector correspondiente porque son los que están más a mano, a las fieras les encanta destrozarlos y son tan incautos y dóciles que, al cabo de poco tiempo, vuelven a lamer la mano que les traicionó. Esta vez les ha tocado el turno a los empleados del sector sanitario, como era de esperar, pero, además, han tenido el inmenso descaro de darnos un tironcito de orejas al resto de los ciudadanos por abusar de estos servicios.
Y es cierto que ni todas las recetas son necesarias ni todos los atendidos en urgencias son urgentes. Es cierto que profesionales y usuarios nos hemos preocupado más de sacarle el jugo a nuestra sanidad pública que en defenderla. Pero no hemos sido nosotros los que hemos colocado a centenares a amigos a dedo para que sirvan de adorno si no de estorbo. No hemos gastado nosotros grandes sumas en libros de autoalabanza ni hemos construido megahospitales con presupuestos astronómicos y sobrecostes galácticos, generando, de paso, un substancioso pelotazo urbanístico. Es posible, en fin, que nosotros hayamos estado «escanando» un poco, pero ustedes, señores del Gobierno, han estado talando los árboles de raíz.