ISIDRO MARTÍNEZ OBLANCA
Terminados los resúmenes periodísticos y las opiniones sobre la que, sin la menor duda, ha sido una sobresaliente feria de Begoña, me disculparán los aficionados asturianos que ofrezca reseña de una de las muchas anécdotas sucedidas este año en nuestra más que centenaria plaza de toros. No es novedosa por cuanto la protagoniza el mismo diestro en sus frecuentes comparecencias en Gijón. Tampoco es estrictamente taurina, pero algo ayudará a la causa frente al perfil criminoso que nos adjudican la docena y media de ecolojetas e independentistas que, para tratar inútilmente de fastidiar cada Día de Begoña, nos distinguen con su visita para vituperar al público con pareados de baratillo en los aledaños de la puerta grande.
La escena que nos ocupa tuvo lugar en la antesala del patio de cuadrillas donde se reúnen las ternas momentos antes de que el graderío soleado del «11» entone con sentimiento el «Gijón del alma» al compás de la banda de música. Allí, en la proximidad del desolladero, hay cierto bullicio en los minutos que preceden al salto de los alguacilillos al ruedo para solicitar las llaves a la presidencia y dar inicio a la corrida. En ese patio, bajo varios homenajes lapidarios y agradecidos a algunos ilustres que se distinguieron por el éxito de la fiesta nacional, diestros y subalternos ofrecen su rictus más serio y concentrado, como corresponde a quienes están a punto de jugarse su pellejo en El Bibio.
Al igual que cada tarde, ya estaba dispuesto «el hule» cuando algunos de los que formamos el equipo de la enfermería, nos privilegiábamos discretamente con ese ambiente íntimo, reservado y profundo que precede al inicio del espectáculo. Allí se constata la severidad que matadores y subalternos están a punto de afrontar sobre el ruedo.
Sólo un torero, uno, rompe año tras año la norma no escrita de no dejarse ver en exceso en esos momentos circunspectos. Es más, a diferencia de sus colegas de profesión, éste parece que necesita inexcusablemente del contacto previo con la gente: Manuel Díaz «El Cordobés». Su llegada al edificio octogonal -más o menos- de nuestra plaza es inequívoco sinónimo de alegría; reparte abrazos y saludos como si conociera a los presentes de toda la vida; posa pacientemente para las cámaras de los móviles y las digitales de bolsillo; firma fotos, pañuelos de las peñas, capotillos con escudo sportinguista y escayolas de accidentados; intercambia, al paso, chascarrillos con todo el que se ponga por delante hasta que, finalmente, se recoge en la capilla preparada con solemnidad y cariño, llena siempre con el aroma de flores que las aficionadas van recompensando en las vueltas al ruedo de los triunfadores. Antiguamente se tiraban puros, pero ahora no es políticamente correcto y sólo Morante de la Puebla hace gala del vicio; así que abundan recursos florales, abanicos, sombreros y, bien por el detalle, alguna montera picona.
Este año -y seguro que no es la primera vez- mientras el personal solicitaba de Manuel Díaz fotos y saludos, éste reparó en un joven aficionado, discapacitado psíquico, que en silla de ruedas aguardaba desde hacía un buen rato su llegada. ¡Ni con el salto de la rana estuvo más ágil el torero que para escabullirse del barullo y espetar un tremendo par de besos a su seguidor! ¡Como respondió el chaval con ojos brillantes y sonrisa agradecida y enorme! ¡Qué momentazo para retratar la enorme talla humana de un gran artista!
Por eso, cuando apenas veinte minutos después, el director de lidia visitó la enfermería para que los doctores Javier Alvarez, Domínguez-Gil y Veiga reparasen la avería de seis centímetros producto de la pugna con un oponente ojo de perdiz de «La Palmosilla», nos faltó tiempo para animar al torero ante su infortunio y distraerlo de los dolores de la intervención quirúrgica haciéndole notar su disposición hacia la gente. Le restó mérito. Nos recordó su procedencia y que eso no lo podría olvidar nunca. Estaba quejumbroso, más que por aquel puntazo de torniquete corbatil, por la insensibilidad presidencial para darle trofeos por su sufrida faena.
Las orejas por la faena no sé. Pero el rabo por los besos de ley se lo tiene bien merecido. Menudo corazón se gasta Manuel Díaz «El Cordobés». ¡Suerte, maestro!