ESTEBAN GRECIET
Uno de los puntos del manifiesto por la sanidad pública, que comentábamos aquí el otro día, denunciaba la carencia de una verdadera política sobre lo que llama «hábitos tóxicos», es decir, los relacionados con drogas, tabaco y alcohol, perjudiciales para la salud y que exigen onerosos tratamientos. El texto propone medidas como prevención, presión para el abandono de las adicciones y obligación de que los negligentes paguen más por el coste de sus tratamientos. Concedo que ésta es una preocupación presupuestaria.
No es que el Ejecutivo que padecemos se haya olvidado totalmente del problema -es notoria su obsesión por el tabaco-, pero está claro que prevalece la indulgencia de los políticos y aun de la sociedad misma ante el consumo de bebidas alcohólicas, muy extendido entre la juventud.
Todos fuimos jóvenes y conocemos de primera mano los anhelos, los impulsos y aun las inseguridades de una edad maravillosa y fronteriza en la que casi todo se pone en cuestión y marca para siempre la trayectoria vital. Ante esto, caben varias actitudes, desde el cursi y antiguo «Juanito» hasta el halago a ultranza y todo lo que hagas está bien. No hay más que ver los anuncios.
¿Puede ser un ejemplo la concentración de 4.300 jóvenes en Lugones -en honor de Santa Isabel, por cierto- con barra libre hasta 15 euros? No tengo opinión, pero es revelador de lo apuntado más arriba que el vecindario «afee la conducta» a quienes manifiestan su oposición a este tipo de festejo.
Sea lo que fuere, la juventud siempre ha amado los retos, los horizontes, los ideales por los que merezca la pena vivir y luchar, pero se les ofrecen con preferencia «hábitos tóxicos», blandura y placer al contado. Tienen mucho mérito los que intentan salir del gregarismo al uso.