LUIS M. ALONSO
William Bradley Pitt ha confesado, en Avilés, su amor por las curvas que diseña Oscar Niemeyer y no hay por qué dudar de la experiencia atesorada en esta materia por el actor norteamericano. Sin embargo, cuando alguien teclee a partir de ahora en Google la palabra curvas asociada a Brad Pitt se encontrará con más referencias al arquitecto brasileño que a Angelina Jolie o a Jennifer Aniston, dos prototipos depurados de las líneas que se van apartando de la dirección recta sin formar ángulos.
Hasta ahora sabíamos de la admiración de Pitt por la escultura y ahora hemos descubierto también su pasión por la arquitectura. No es que fuera algo desconocido, simplemente nosotros nos hemos enterado de ello por esta fugaz, pero intensa visita a Avilés.
A Brad Pitt, él mismo lo ha confesado, le gustaba jugar de pequeño con Lincoln Logs y Lego. Las curvas vinieron después y la estampa que se nos ha ofrecido de él estos días es la de un actor asumiendo el papel de capataz de obra en ese escenario Blue Collar que es la ría. También, como corresponde a los invitados que han ido desfilando por la pasarela del Niemeyer, se nos ha anunciado su compromiso con el proyecto, no sólo con el cultural, sino con el de la Isla de la Innovación, un mecano sujeto a disparatadas ensoñaciones y pendiente de los 6.000 pisos de Divina Pastora ¿No eran 6.000 los pisos?
De toda esta película, lo que más tendría que interesarles a los avilesinos no son las fotos de Brad Pitt, ni las que el presidente del Principado, la Alcaldesa y los que se suman a la pandorgada puedan hacerse con el actor, sino el desenlace: cómo se va a traducir tanto compromiso adquirido sobre la marcha. Por ejemplo, en qué consiste el famoso «film center» de Woody Allen, qué hay realmente de la colaboración teatral de Kevin Spacey o de los planes arquitectónicos del amante de las curvas. En qué se empleará el Niemeyer o cómo se piensa financiar. Además de Mister Marshall.