ANTONIO
OCHOA
Ya han pasado (¡tan pronto!) julio y agosto. Salvo para algunos afortunados, nuestras vacaciones ya forman parte de la historia y parte de las historias que vamos a empezar a contar a los amigos que vamos a ir reencontrando y que nos encontrarán más (o menos) morenos y más (o menos) relajados. Y en todas esas conversaciones con sabor a sol pretérito habrá una frase que, con las inevitables variaciones, estará siempre presente: «¿A que no sabéis a quién me encontré en el rincón más recóndito de Villaperdida del Páramo?». Es posible que no haya prestado atención a este hecho o no le haya dado importancia, achacándolo a meras coincidencias. Eso hacía yo hasta que un día solté un comentario jocoso al respecto a varios contertulios y obtuve una verdadera avalancha de anécdotas confirmatorias. Después de las risas y tras una reflexión más seria, nadie, absolutamente nadie, fue capaz de recordar un solo caso contrario. Desde entonces he acumulado muchos más kilómetros propios y ajenos esperando sin éxito encontrar una excepción y por ello he llegado a la conclusión de que existe una ley de la Canguesidad Universal, que dice: «Es imposible viajar de vacaciones fuera de Cangas sin encontrarse con, al menos, un cangués que no venía con nosotros».
Una afirmación así, aun basada en datos empíricos incontestables, puede ser tan difícil de creer como lo es buscarle una explicación. Para empezar, el número de lugares del mundo, aunque finito, es inmensamente superior al de cangueses aun entendido éste en un sentido amplio. Ni siquiera viajando todos continuamente podríamos estar en todas partes a la vez. Es más, «existen lugares en el mundo donde no ha estado nunca un cangués». Tampoco es que vayamos todos a los mismos sitios. En este mismo momento, «es probable que algún cangués acabe de descubrir un sitio nuevo, pero, antes de que terminen sus vacaciones, al menos otro cangués aparecerá por allí para encontrarse con él». Parecería una conspiración, pero también eso es poco creíble. Suponer que todos nosotros somos cómplices inadvertidos e inocentes de un montaje así suena paranoico incluso en los tiempos que corren.
Sumemos, pues, los hechos, restemos las imposibilidades y veamos lo que nos queda. Dado que no es coincidencia, tiene que haber una conexión y, dado que no es algo artificial, tiene que ser algo natural. Tiene que haber una fuerza de la naturaleza que lo produzca, una fuerza, evidentemente, de atracción que denominaremos «Fuerza de la Canguesidad», que va haciéndose más intensa cuanto más tiempo pasamos alejados del resto de los cangueses y que sólo se anula por el contacto con otro cangués. Seguro que recuerdan aquella vez en que se equivocaron de carretera y acabaron en el pueblo en el que estaba fulanito o aquella otra en que sintieron un impulso repentino e irresistible de visitar ciertas ruinas y allí estaba menganito o cuando iban por el paseo de la playa y apareció zutanito, que iba de paso y tuvo que parar para resolver un apretón repentino. Es la Fuerza de la Canguesidad funcionando a plena potencia, más universal que la gravedad y más poderosa que el magnetismo. La próxima vez que la note, no se sorprenda ni se resista, nadie puede sustraerse a las leyes naturales.