AURELIO GONZÁLEZ
OVIES
POETA
Será, tal vez, cuestión de mi mirada. Pálpitos de este endeble corazón que me ha tocado, sacudidas de instantes como éste en que levanto los ojos, rozo el cielo y me sacude la evidencia de que no puedo retener ni la luz, ni tan siquiera, tras deslizar los párpados, avistar esta nube que me recuerda aquella tarde juntos en Xagó, cuando tú me decías que gritabas al mar, recorrías la arena y recobrabas un poco la templanza.
No sé, quizá preferiría ser argamasa antigua de este muro que rodea las ruinas de Biforcos, acompañar su lenta decadencia, bajo el derruido campanario y la serenidad que de Cerín emana. Posiblemente pradería extensa de San Jorge, entre los maizales de septiembre y la senda que sube hasta Fombona. Bosque de Merín, aroma de Gozón, o el carro detenido bajo estas paneras de Bocines. O silencio de octubre en las callejas desiertas de Luanco, asomado a la bruma que envuelve Samarincha. O costa de Antromero, sin más que perspectiva y playa.
Cualquier vapora cesada en La Ribera. Una casa sin más de las que aún resisten, con portalón, manzanos y caseta de perro, en los verdes repechos que apuntalan Santana. Porque anhelo sentir que no presiento, confiar en que no he de despedirme. Dejar atrás las cosas más triviales, pero para la levedad del alma que me alienta, sumamente valiosas, amadas limpiamente: la pared encalada y el rosal trepador donde me aficioné a las lagartijas, el grifo original e inestimable de la vieja cocina, la nota que conservo con el último «veso» que me escribió mi madre una noche en que yo no llegué a tiempo.
Optaría por no experimentar el adiós y la falta, ni la separación ni la debida ausencia; como estas curvas que bordean los lindes de Perdones, esta altura que de Balbín alcanza Bañugues, Faraguyes, Santolaya, los ocasos rojizos de Segareo y Sabugo, el albor cotidiano de Verdicio o las lomas que allá por Bustio y Vioño ocultan la serenidad de Ambiedes y de Cardo, con sus casas, sus hórreos y sus cuadras.
Cualquier relieve de la tierra, cualquier estrella de una noche, una zarza cualquiera, un pozo seco de agua. Cualquier estanque, o mismamente un tejado de tantos que se comban, con tal de no tener que separarme de las cosas más simples y comunes: el olor que albergaba el Caleyón de Podes, el sabugo del Cantu, la voz de la sirena, La Gaviera, el nordeste, sus sábanas.